Las literaturas exiliadas
Cuando Julio Álvarez del Vayo salió de España en 1949, tenía el convencimiento de que los estadounidenses no permitirían que su Gobierno vendiera nuestro país “por segunda vez”, salvando a “su opresor de la bancarrota”. Siempre había sido lo que dice el título de las memorias a las que pertenecen esas palabras (El último optimista, publicado en inglés en 1950); creía en “la victoria final del pueblo español”, y sabía que lo único que podía impedir que el franquismo cayera era precisamente lo que él se negaba a creer: que Washington apoyara a Franco a cambio de unas cuantas bases militares. Hasta las personas más realistas, perceptivas e inteligentes se ciegan a veces; unas, por no ver la realidad y otras, como en su caso, por verla de sobra y desde dentro, porque Álvarez del Vayo, condenado a muerte in absentia, uno de los líderes republicanos más perseguidos por el régimen, se había atrevido a cruzar la frontera con identidad falsa para tomar el pulso a la calle e informarse “de primera mano” de lo que estaba pasando.
En su opinión, el riesgo que corría estaba justificado en términos políticos por “la desmoralización que hasta cierto punto existía entre las filas republicanas” y el “nuevo resurgimiento” de la resistencia tras algunos de los peores años de nuestra Historia. No se........
