La niña que fue vendida por amor
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Minutos antes de salir al aire en mi programa de televisión, recibí un correo de mi hija mayor:
-Mercedes se está muriendo. Si quieres, escríbele unas palabras para despedirte de ella y se las leeré en el hospital.
Mercedes era la señora que, desde que nacieron mis hijas mayores, hace más de treinta años, cuidó de ellas como si fueran sus propias hijas, al mismo tiempo que cuidaba de su hija biológica Rocío, una niña encantadora.
Con lágrimas en los ojos, le escribí a Mercedes unas palabras de despedida, agradeciéndole por todo el amor que les dio a mis hijas, asegurándole que los dioses la premiarán por haber sido tan bondadosa, prometiéndole que nos veremos pronto en el más allá, rogándole que no tenga miedo de emprender el viaje a la eternidad. Me hubiera gustado decírselo al pie de su cama, en el hospital, pero estoy a seis horas en avión de la ciudad donde ella vive, dónde está por expirar, y, aunque quisiera, ya no llegaría a tiempo para besarla y abrazarla.
Por suerte pude besar y abrazar a Mercedes hace apenas dos meses, allá lejos, en la ciudad del polvo y la niebla, con ocasión de la boda de una de mis hijas. Llevaba más de quince años sin verla. Dejé de verla cuando su jefe o patrón, mi exsuegro, un señor circunspecto y envarado, de apellido suizo, me echó de su casa, entre amenazas y vulgaridades, alegando que le había disgustado cómo él aparecía en una de mis novelas, “El huracán lleva tu nombre”. Al reencontrarme con Mercedes, tanto tiempo después, le dije cuánto la quería, cuánto le debía por toda la felicidad que les regaló a mis hijas. Besé sus mejillas, su frente, sus manos. Abrí mi billetera y le dejé todo el dinero que llevaba. Le dije: Siempre estaré en deuda contigo. Presentí que no volvería a verla. Estaba algo avejentada, pero seguía siendo la señora ancha, canosa, de mirada limpia, sin malicia, y sonrisa inocente y bondadosa que yo recordaba, una mujer que había nacido para cumplir el arduo destino de servir y........
