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Duelo de narrativas, éticas y poder

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16.06.2026

Dentro de la táctica empleada por Rodrigo Paz, que en parte le ha valido a su gobierno una imagen de improvisación durante este conflicto que parece acercarse a su fin, sí ha sido posible vislumbrar una estrategia de fondo. Se trata de una estrategia de desgaste, similar a la que Luis Arce utilizó durante el conflicto del censo que paralizó particularmente a Santa Cruz durante más de un mes. El costo de esa estrategia es elevado en términos de cohesión social, de confianza en el Estado y, sobre todo, en términos económicos. El daño medido en legitimidad también ha sido profundo: para la sociedad en su conjunto y para todos los actores involucrados.

Una parte muy importante de los manifestantes convirtió una protesta que podía haber sido democrática en un movimiento de rasgos subversivos. De abordar demandas económicas y políticas más o menos legítimas según perspectiva, las movilizaciones pasaron a perder legitimidad cuando empezaron a exigir la renuncia de un presidente con apenas siete meses de gestión, una demanda percibida como desproporcionada por una parte considerable de la sociedad. Esa pérdida de legitimidad se profundizó todavía más cuando comenzaron a acumularse muertes y a extenderse la desesperación entre ciudadanos bloqueados y vulnerados en sus derechos más básicos. En otras palabras, el punto de quiebre llegó cuando los manifestantes excedieron sus capacidades políticas reales y cuando la protesta pasó a implicar la comisión sistemática de delitos contra sus propios conciudadanos, tanto contra quienes rechazaban sus demandas como contra quienes simpatizaban con el fondo de sus exigencias al gobierno.

Como en toda disputa política, el proceso y los resultados de este conflicto son también objeto de un duelo de narrativas mediáticas. Mientras unos buscan imponer el relato de un gobierno opresor y antiderechos, pese a que el Ejecutivo apenas ha reprimido las protestas y ha dialogado hasta el cansancio, incluso a costa del deterioro de su propia legitimidad en las clases medias, los antagonistas radicales, nutridos por la irracionalidad de las medidas de protesta, intentan imponer el relato inverso: el de un colectivo homogéneo de manifestantes incivilizados, carentes de cualquier preocupación legítima y sin derecho alguno a exigir la renuncia de un presidente. Esos son los blancos y negros del conflicto, pero la historia real está hecha de grises.

Por un lado, cabe señalar el cinismo de cierta izquierda nacional e internacional que pretende rearticularse a partir de un malestar sectorial cuya........

© El Deber