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“Se pelea hasta que la plantilla decida, no hasta que decida el sindicato”

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Felipe y Juan Pedro, sindicalistas de CGT en Airbus Getafe, relatan desde dentro 45 días de huelga, la judicialización del conflicto, el pulso con UGT y CCOO y las fracturas que ha dejado el acuerdo.

Felipe trabaja en Airbus Operaciones desde 2009. Fue sindicalista de CCOO, donde participó en el movimiento Regenerando Comisiones Obreras, antes de abandonar el sindicato. Desde 2012 está afiliado a la CGT. Juan Pedro Torres Marcos acumula 24 años en la empresa, también procede de CCOO y lleva unos 15 años en la CGT, con cargo organizativo desde hace una década. Ambos participaron en la última huelga de Airbus y anteriormente fueron denunciados por CCOO y ATP ante la Audiencia Nacional por varios artículos publicados en el fanzine satírico sindical La Hoja del Viernes.

¿Cómo era la situación sindical y organizativa en Airbus antes de la última huelga?

Felipe: Se inclinaba hacia unas mayorías de un entorno muy conservador, supeditadas siempre a Comisiones Obreras y UGT, que son los que han firmado los siete convenios de la era Airbus. Esas mayorías han provocado retrocesos en derechos sociales y salariales. La parte jerárquica es la que más ha avanzado; la clase trabajadora, la que más se ha visto afectada por las políticas de empresa y por las que han querido firmar esos sindicatos. El último convenio ya se inclinó hacia planes de pensiones privados y eliminó becas para hijos y trabajadores. Eso es lo que ha producido el levantamiento de la clase trabajadora.

Juan Pedro: A CGT nos coge en buen momento: veníamos de un crecimiento altísimo en la pelea del convenio, casi doblando el centenar de afiliaciones. La plantilla ve honradez y fidelidad con los compromisos de la asamblea, y eso nos hace crecer. Sí es verdad que estábamos dubitativos con el momento: sabíamos que iba a ser una huelga muy larga. Pero una gran parte de la plantilla nos obliga, literalmente, a ir al conflicto. Y a la vista están los resultados.

Airbus bate récords de beneficios en un contexto de rearme mientras la plantilla pierde poder adquisitivo. ¿Cómo se percibe?

F: Es una de las causas fundamentales del levantamiento. Los accionistas y la directiva ven beneficios estratosféricos, pero eso no se traduce en derechos para quienes los reproducen. Creemos que el mayor valor añadido de Airbus son sus trabajadores. Se discrimina por colectivos, en medidas salariales y sociales. Eso ha producido un hastío que ha llevado a 45 días de huelga.

J.P.: La empresa tiene dos divisiones, la civil y la militar, y ambas dan beneficios. Al recibir ayudas públicas, entendemos que eso implica una responsabilidad: revertir en derechos y buenas condiciones. Como CGT nos lleva a una contradicción el tema militar, pero no nos gusta. Nos gustaría que fuera cero. No vamos a lograr que Airbus haga palas eólicas de la noche a la mañana —estaría cojonudo—, pero al menos sí trabajar en aviones civiles y desligarnos del marco militar. Creemos que económicamente conviene: lo que siempre va a hacer falta son aviones para gente que viaje.

F: Nosotros somos plenamente antimilitaristas, pero eso no elimina poder confluir en aviones militares. ¿De qué tipo? De ayuda humanitaria, sí; nunca equipamientos que lleven a destruir países o provocar guerras.

J.P.: Y eso es por lo que peleamos. Tiene que ser progresivo, para no perder empleo, pero no renunciamos. Hemos hecho huelgas por el pueblo kurdo contra nuestra propia empresa para que no vendiera aviones a Turquía. El discurso fácil de Comisiones Obreras es que se pierden puestos. Lo innegociable es exigir que, si hay que negociar con países, sean países que respeten los derechos humanos.

¿Cómo se conjugan la reivindicación política y la económica a la hora de organizar el conflicto?

J.P.: Cuando entras en un conflicto por condiciones laborales, obvias de dónde viene. Es una multinacional que lleva 20 años batiendo récords y eso tiene que traducirse en derechos. Intentamos ser directos, incluso satíricos. Y siempre el poder de decisión: la asamblea compromete. Llevamos 20 años de frustración sin conseguir movilizar; no hay varita mágica. Ayuda, por desgracia, la precariedad: cuanto más agresiva es la empresa, más dispuesta está la plantilla. Y sobre todo, ser fieles a los compromisos, honradez, unos estatutos que impidan la corrupción. Se pelea hasta que la plantilla decida, no hasta que decida el sindicato.

F: Hay que diferenciar los momentos. El relato político, ligado a ser empresa armamentística, lo llevamos con movimientos por Palestina. El efecto laboral, con retomar derechos. También nos ocupamos de las cadenas de suministro, las subcontratas. No se puede llevar a la gente a la contradicción.

J.P.: Aun así, nunca hemos renunciado a nuestros principios. Si hay que decir que estamos con Palestina, se dice, y si Airbus tiene que buscar otra fuente de ingresos, se busca. Y si hay que perder 500 personas, se pierden. Por encima de todo están nuestros principios.

F: La plantilla ha sabido direccionarlo. No podemos ser una compañía que se limite a hacer aviones y elementos que vayan contra los pueblos. Hemos conseguido mejoras que no hemos firmado si incluían, por ejemplo, contratar vía ETT. Más que firmar documentos, llevamos una idea: que la gente se organice y tenga poder de decisión. Es lo que ha funcionado en esta huelga.

“Que las nuevas generaciones no puedan acogerse a derechos que se consiguieron antes es un menoscabo que divide a la clase trabajadora”

¿Qué papel han jugado reclamaciones como las becas, el transporte o el comedor?

F: Que las nuevas generaciones no puedan acogerse a derechos que se consiguieron antes es un menoscabo que divide a la clase trabajadora. Unos estamos dentro de unas esferas y otros llegan perjudicados. Es un elemento de división que, a la vez, ha unido a la gente desde esa diferencia.

J.P.: Un mix en las reivindicaciones es lo que mejor funciona. Las salariales son las que más enganchan, la pela es la pela. Pero hay un auge de todo lo relacionado con la conciliación familiar, porque cada vez es más difícil. Y el carácter social: el transporte colectivo se valora mucho; el comedor, que era gratuito, lo quitaron, y también ha funcionado. Unos cuantos puntos bien elaborados, cada uno en su rama, e ir a por todos. Luego la asamblea decidirá prioridades y hasta dónde se llega.

“Los debates sobre el comercio armamentístico los hemos forzado nosotros”

Con la cuestión de Israel y la participación de Airbus en conflictos armados, ¿qué debates se abrieron?

F: Casi los hemos forzado. Era una plantilla bastante agachada en términos de guerra, de lo que pasa en Irán o Palestina. No ha causado tanta mella. Intentamos hacer ver que una cosa va con la otra: podemos luchar por derechos sociales y salariales y, a la vez, exigir una compañía que refuerce los derechos humanos y no confluya con países que destruyen pueblos. Queda trabajo por hacer.

J.P.: La plantilla es un reflejo de la sociedad, y en ese aspecto es egoísta: miras para tu casa y todo eso parece lejano. Y los otros sindicatos meten miedo infundado con el empleo para que no se preste atención. Una labor educacional funciona por ser directa y gráfica: hemos llegado a tener pancartas con niños mutilados. Yo quiero que mi familia coma, por supuesto. ¿A costa de todo? No. Hay otras salidas, se puede ir hacia más negocio comercial. Lo que no se puede es obviar genocidios. La plantilla estaba aburguesada, con buen sueldo y alto poder adquisitivo; el capitalismo hace bien ese trabajo. Pero nuestra labor empieza a surtir efecto, se ve nuestra parte humana.

“Donde no hay asambleas, la gente tiene otra foto”

¿Cómo se viven las diferencias entre centros y sindicatos?

F: Ha costado. En el convenio se vio bien: salvo en Getafe, no se produjeron ni asambleas informativas. San Pablo o Tablada están sustentadas por mayorías que no comparten datos ni dan voz a los trabajadores. En Getafe y Puerto Real tenemos más cabida. El gran problema es que hay sindicatos que no creen en estas direcciones, y la empresa no ha querido negociar con el comité de huelga precisamente porque es contraria a dar voz a los huelguistas, al conjunto de la plantilla y a los sindicatos asamblearios.

J.P: Se nota muchísimo el inmovilismo donde Comisiones Obreras y sindicatos verticales son mayoría. Sin asambleas previas, la gente tiene otra foto del conflicto. Getafe suele ser el motor porque tenemos muy clara nuestra manera de llevar el sindicalismo. Cada sección es de su padre y de su madre, y eso tiene efecto directo cuando movilizas.

F: Podríamos estar equivocados, pero los datos dicen lo contrario: en el referéndum de ayer, Getafe y San Pablo, las dos fuentes de mayor organización asamblearia, fueron las que más aguantaron el no. No es solo una idea, hay datos que la refuerzan.

J.P: Es difícil, porque es desmovilizador no poder ir a por objetivos a nivel estatal. Y dentro de una misma organización hay secciones que se decantan por una u otra vertiente. Hay que lidiar con mucho diálogo, mucho consenso y mucha asamblea.

“La empresa nos divide en........

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