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Más allá de la autonomía: hacia un nuevo ciclo del sindicalismo

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10.10.2026

Opinión Más allá de la autonomía: hacia un nuevo ciclo del sindicalismo

Hay algo extraño en comparar inmediatamente la reciente acampada de Sol con el 15M. La imagen invita a hacerlo: las tiendas, la plaza tomada, las comisiones, las cocinas improvisadas, las asambleas, esa sensación tan difícil de explicar a quien nunca la ha vivido que durante unos días el tiempo político se acelera y todo parece posible. También está la memoria. Sol es probablemente el espacio político más cargado de significado de la izquierda madrileña contemporánea. Basta plantar unas cuantas tiendas para convocar los fantasmas de 2011.

Pero quizá lo más interesante de lo ocurrido estos días sea precisamente aquello que no se parece al 15M. Quizá estemos viendo algo bastante más interesante que una repetición del ciclo de las plazas. Puede que estemos entrando en otro ciclo político, uno en el que la palabra organización deja de provocar alergia.

El largo ciclo de la autonomía

Durante varias décadas, buena parte de la izquierda situada fuera de las instituciones desarrolló una profunda desconfianza hacia las organizaciones fuertes. Había buenas razones para ello, pues el siglo XX había dejado detrás partidos comunistas burocratizados, sindicatos convertidos demasiadas veces en aparatos de concertación, organizaciones donde la disciplina había sustituido al debate y vanguardias que habían acabado confundiendo sus propios intereses con los de las personas a las que pretendían representar. La crisis del movimiento comunista y el derrumbe de la Unión Soviética terminaron de desacreditar un determinado imaginario organizativo.

En ese contexto se fue consolidando otro sentido común militante, cuya genealogía no nació en 1991 sino que parte de la Nueva Izquierda de los 60, la política prefigurativa, el feminismo autónomo, la autonomía italiana, el zapatismo, el movimiento antiglobalización, las experiencias argentinas posteriores a 2001, Occupy, las plazas árabes, el 15M. Tradiciones diferentes que terminaron compartiendo, pese a todas sus diferencias, algunas intuiciones: sospecha de la representación, rechazo de las jerarquías formales, preferencia por estructuras descentralizadas, reivindicación de la horizontalidad y una enorme confianza en la capacidad política de los acontecimientos espontáneos.

El periodista Vincent Bevins reconstruye buena parte de esta historia en If We Burn. Su argumento no es que existiese una conspiración horizontalista ni que todas aquellas experiencias fueran idénticas, sino que durante el ciclo global de protestas de 2010 a 2020, una determinada forma de movilización (descentralizada, coordinada digitalmente, sin liderazgos reconocidos y centrada en la ocupación de espacios públicos) llegó a parecer casi la forma natural que debía adoptar cualquier movimiento emancipador. Pero esa forma era el producto de una historia concreta, no una ley de la naturaleza. Durante mucho tiempo aquello pareció una ruptura necesaria con el siglo XX, y quizá lo fuera, pero el problema apareció cuando la crítica de las organizaciones burocráticas terminó convirtiéndose en una crítica de la organización misma, cuando no tener líderes pasó a considerarse automáticamente más democrático que tenerlos, cuando la ausencia de estructuras formales se confundió con la ausencia de relaciones de poder, cuando crecer empezó a parecer sospechoso, cuando preservar la pureza de pequeños espacios militantes podía ser más importante que construir organizaciones capaces de incorporar a personas que no compartían previamente nuestros códigos políticos.

Ese mundo produjo cosas valiosas, protegiendo a la izquierda de muchas patologías reales del siglo XX y enseñando a desconfiar de los aparatos, a cuidar los procesos, a tomarse en serio quién habla y quién queda fuera, a experimentar con nuevas formas de democracia. Sería absurdo despacharlo como treinta años perdidos, pero también dejó una pregunta sin resolver: ¿cómo se construye poder a gran escala?

Quizá tampoco pueda entenderse el auge de la autonomía al margen de las condiciones sociales que la hicieron posible. Como reconstruyen Francisco Salamanca y Gonzalo Wilhelmi en Tomar y hacer en vez de pedir y esperar, aquel espacio consiguió organizar, sobre todo, a sectores juveniles que permanecían voluntariamente —y, en otros casos, materialmente— en los márgenes de las grandes instituciones de integración social: el partido, el sindicato, la asociación tradicional, pero también determinadas trayectorias laborales, familiares y de acceso a la propiedad. En una sociedad todavía atravesada por una fuerte capacidad estatal de integración, la autonomía ofreció una forma política a quienes rechazaban esa integración o quedaban parcialmente fuera de ella. 

Si la autonomía encontró su terreno entre quienes se situaban fuera de una sociedad todavía capaz de integrar a grandes mayorías, el nuevo sindicalismo puede estar encontrándolo precisamente en una sociedad que cada vez tiene más dificultades para integrarlas

Quizá no sea casual que el sindicalismo de base reaparezca ahora con especial fuerza en el momento contrario. Lo que Emmanuel Rodríguez describe en El efecto clase media es precisamente la erosión de aquel arreglo histórico mediante el cual el Estado, el empleo relativamente estable, los servicios públicos, el crédito y, en España de manera decisiva, la propiedad de la vivienda consiguieron integrar a enormes sectores sociales en una expectativa compartida de progreso y seguridad. Hoy, cuando la precariedad se generaliza, la propiedad se concentra cada vez más como frontera entre quienes tienen patrimonio y quienes no, y la promesa de incorporación a las clases medias pierde capacidad material para ordenar la sociedad, vuelve a abrirse el espacio para organizaciones construidas directamente sobre el conflicto de intereses. Si la autonomía encontró su terreno entre quienes se situaban fuera de una sociedad todavía capaz de integrar a grandes mayorías, el nuevo sindicalismo puede estar encontrándolo precisamente en una sociedad que cada vez tiene más dificultades para integrarlas.

Hay además indicios de que este desplazamiento no pertenece únicamente al movimiento de vivienda.  Como comentaba recientemente el militante de la CNT Rafa Cuesta en El Salto, el regreso de la forma sindicato coincide con una recuperación más amplia de la conflictividad laboral y con la aparición de experiencias en las que sindicatos combativos de base, plataformas unitarias y grandes asambleas de trabajadores vuelven a adquirir capacidad de iniciativa. Quizá el sindicalismo inquilino no sea entonces una anomalía, sino una de las expresiones más visibles de una recomposición todavía incipiente. Si la ruptura de la sociedad de clases medias vuelve a hacer más nítidos intereses que durante décadas pudieron aparecer amortiguados por el acceso al empleo estable, el consumo, los servicios públicos o la propiedad, no sería extraño que reaparecieran también organizaciones construidas precisamente para convertir esos intereses compartidos en conflicto colectivo. El retorno del sindicato sería así menos una moda militante que el síntoma organizativo de una transformación social más profunda.

Después del estallido

If We Burn se pregunta sobre cómo organizar poder a gran escala mirando hacia atrás después del entusiasmo. Bevins entrevistó a participantes de movimientos de masas de una docena de países, encontrando enormes diferencias entre Brasil, Egipto, Chile, Turquía, Hong Kong o Ucrania, pero también una recurrencia: movimientos capaces de reunir centenares de miles de personas, derribar gobiernos o paralizar ciudades podían encontrarse sorprendentemente mal preparados para decidir qué debía ocurrir al día siguiente. La movilización podía producir un vacío de poder, pero alguien tenía que llenarlo.

Y el hecho de que un movimiento renunciara a hacerlo no significaba que el espacio permaneciese vacío, ya que otros actores —partidos, ejércitos, élites económicas, organizaciones religiosas, nuevas derechas— podían estar bastante mejor preparados para aprovecharlo. Ésa es una de las tesis centrales de Bevins: abrir una crisis política y disponer de una organización capaz de intervenir sobre ella son dos capacidades distintas.

España siguió naturalmente su propio recorrido. El 15M no “fracasó” sin más, pues transformó el lenguaje político, produjo nuevas organizaciones (y alimentó otras como la PAH), modificó la agenda pública y abrió posteriormente un ciclo institucional completamente nuevo, capaz de acabar con el bipartidismo hasta hoy en día. Reducir aquello a una derrota sería tan simplificador como idealizarlo, pero dejó abierta la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la plaza se vacía?

El 15M no “fracasó” sin más, pues transformó el lenguaje político, produjo nuevas organizaciones (y alimentó otras como la PAH), modificó la agenda pública y abrió posteriormente un ciclo institucional completamente nuevo

Durante unos años la respuesta española fue, en cierta medida, electoral. Parte de la energía del 15M terminó canalizada hacia nuevos partidos y candidaturas. Otra parte regresó a movimientos sociales, centros sociales, redes de solidaridad y activismos sectoriales. Una última parte, acabó demasiado herida y cansada como para seguir participando activamente. Hoy parece estar........

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