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La dominación política después de Cristo

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23.08.2026

La dominación política después de Cristo no constituye, en absoluto, un asunto histórico ni un residuo de épocas pretéritas; por el contrario, se trata de una realidad viva que, en América Latina, respira con fuerza renovada a partir del año 2025. Y es que, tras la matriz cultural cristiana que durante siglos moldeó las categorías del poder occidental, las estructuras de dominio no desaparecieron: se metamorfosearon en formas menos visibles, pero acaso más crueles. En esta región, el legado colonial se entrelaza con una teología política que todavía define quiénes son los cuerpos sacrificables y quiénes los elegidos para la vida plena.

Como advierte Enrique Dussel, la modernidad se edificó sobre un mito sacrificial: el progreso europeo exigió la negación de los pueblos colonizados, a quienes se les impuso la categoría de “bárbaros” para justificar su dominación (p. 50). Desde esta perspectiva, no resulta exagerado afirmar que la ocupación de América Latina nunca terminó; tan solo cambió de vestimenta, adoptando, entre otras, la máscara del desarrollo, la legalidad extractivista y la gobernanza securitaria.

Por ello, este estudio se propone explorar, desde la filosofía política, cómo la herencia cristiana y la ocupación colonial convergen en las formas actuales de dominación, particularmente en el umbral de 2025, cuando el continente enfrenta crisis múltiples y entrelazadas. Nos interesa, sobre todo, desentrañar los mecanismos conceptuales y prácticos que sostienen ese orden, sin perder de vista la dimensión humana de quienes lo padecen.

Para delimitar con precisión el territorio conceptual de esta investigación, conviene comenzar por aclarar qué entendemos aquí por dominación política y por qué la vinculamos con la categoría de “después de Cristo”. La dominación política no se reduce al ejercicio directo de la fuerza estatal; incluye, asimismo, la producción de subjetividades, la colonización del imaginario y la captura de los espacios de deliberación colectiva. Aníbal Quijano lo expresó con claridad al señalar que la colonialidad del poder articula raza, trabajo y Estado en un patrón global de dominación que persiste mucho después de las independencias formales.

De ahí que, en América Latina, la cuestión de la dominación no pueda analizarse exclusivamente en clave de regímenes políticos, sino que exija atender a esa estructura profunda que organiza jerarquías sociales y naturaliza las desigualdades.  La referencia a “después de Cristo” no es, por supuesto, una mera periodización religiosa; alude, más bien, a la sedimentación teológico-política que atraviesa las categorías de soberanía, autoridad y obediencia en Occidente. Así, el cristianismo, en su versión colonial, funcionó como un dispositivo de legitimación que hizo posible la conquista y la ocupación permanente de cuerpos y territorios. Esta sedimentación se manifiesta, por ejemplo, en la sacralización del mercado y en la naturalización de la autoridad, y por eso mismo no puede ser ignorada por una filosofía que se pretenda crítica.

La filosofía de la ocupación, tal como la entendemos en este ensayo, remite a una tradición de pensamiento que no pregunta únicamente por el momento de la invasión territorial, sino por las modalidades persistentes de ocupación ontológica, epistémica y política. Achille Mbembe, ha mostrado que la ocupación colonial tardía instaura una necropolítica: un poder que decide quién puede vivir y quién debe morir, reduciendo a ciertos grupos a la condición de “muertos vivientes”.

En América Latina, esta lógica se advierte en los territorios indígenas cercados por megaproyectos, en los barrios pobres criminalizados y en los cuerpos migrantes arrojados al desierto. No obstante, la ocupación no solo opera mediante la muerte; también lo hace a través de la asimilación cultural, la dependencia económica y la subordinación jurídica.

En este sentido, conviene subrayar que la ocupación no es un hecho consumado, sino un proceso en marcha, que se reactualiza cada vez que una comunidad pierde el control sobre sus recursos, su lengua o su memoria. En consecuencia, filosofar desde la ocupación implica asumir una perspectiva dialéctica que reconoce tanto la violencia estructural como las resistencias que la enfrentan.

El año 2025 encuentra a América Latina en una encrucijada particularmente dolorosa, marcada por una triple crisis: económica, ecológica y de legitimidad política. Según la CEPAL (2024), la región atraviesa un estancamiento productivo que profundiza la pobreza y la desigualdad, con un crecimiento proyectado por debajo del 2% para 2025, lo que agrava la precariedad de millones de familias.

Al mismo tiempo, el extractivismo minero y agroindustrial continúa despojando territorios, mientras las democracias formales muestran signos de agotamiento frente al avance de proyectos autoritarios y tecnocráticos. En este escenario, la dominación política se vuelve más sofisticada: ya no se presenta como dictadura abierta, sino como gobernanza de la crisis, un discurso que convierte la excepcionalidad en regla y la seguridad en pretexto para restringir libertades. La Confederación internacional de organizaciones no gubernamentales (ONG) que trabaja en más de 80 países para combatir la pobreza, la injusticia y la desigualdad........

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