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La transición energética no mató al petróleo; cambió la guerra por la energía

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13.09.2026

Durante años se nos dijo que el futuro sería eléctrico, digital y cada vez menos dependiente de los combustibles fósiles. La idea tenía sentido, pero fue presentada demasiadas veces como si la historia energética fuera una línea recta: menos petróleo, más renovables, menos geopolítica y más tecnología. La realidad está demostrando algo bastante distinto. La transición energética no eliminó la lucha por la energía; la volvió más compleja. El petróleo y el gas siguen siendo decisivos, pero ahora compiten y conviven con electricidad, uranio, cobre, litio, tierras raras, baterías, redes, transformadores, almacenamiento, centros de datos y capacidad de generación firme. El siglo XXI no está dejando atrás la energía como fuente de poder. Está multiplicando las formas en que la energía define quién crece, quién compite, quién depende y quién manda.

La coyuntura actual lo confirma con brutal claridad. La inestabilidad en Medio Oriente, las tensiones alrededor de rutas estratégicas y la incertidumbre sobre la oferta han vuelto a colocar al petróleo en el centro de la discusión global. Al mismo tiempo, Europa llega a una nueva temporada con preocupaciones serias sobre gas, costos industriales y competitividad. Y mientras gobiernos de todo el mundo hablan de descarbonización, la demanda eléctrica sigue creciendo impulsada por centros de datos, inteligencia artificial, electrificación del transporte, nuevas industrias y la necesidad de reconstruir cadenas productivas más cercanas y seguras. La paradoja es evidente: cuanto más digital se vuelve la economía, más física se vuelve su necesidad energética.

La inteligencia artificial parece vivir en la nube, pero la nube funciona con electricidad. Detrás de cada modelo, cada centro de datos y cada aplicación de inteligencia artificial existe una infraestructura enorme de generación, cables, transformadores, refrigeración, agua, tierras, servidores y materiales. Lo mismo ocurre con los vehículos eléctricos, las baterías y las energías renovables. Un automóvil eléctrico reduce el consumo directo de gasolina, pero aumenta la demanda de minerales, electricidad, redes y almacenamiento. Un parque solar necesita paneles, inversores, cobre, acero, transmisión y respaldo. Una turbina eólica necesita materiales, logística e infraestructura. La nueva economía puede verse limpia y ligera en una pantalla, pero detrás sigue siendo profundamente material.

Por eso resulta tan equivocada la vieja discusión que pretende obligarnos a escoger entre fósiles y renovables como si se tratara de religiones incompatibles. Las economías que entienden mejor el problema no han elegido una sola fuente; han construido portafolios. China es el ejemplo más evidente. Ha desarrollado una capacidad formidable en energía solar, eólica, baterías y vehículos eléctricos, domina segmentos críticos de las cadenas de suministro de tecnologías limpias y al mismo tiempo mantiene carbón, petróleo y gas como instrumentos de seguridad energética. No porque ignore la transición, sino porque la entiende desde una perspectiva de poder. Para Pekín, la pregunta principal no es qué fuente resulta ideológicamente más correcta, sino cómo garantizar que la economía tenga suficiente energía, a costos manejables y sin quedar excesivamente expuesta al exterior.

Esa lógica explica buena parte de la ventaja china. Mientras otros países discutían si debían acelerar o frenar la transición, China decidió fabricar buena parte de la infraestructura necesaria para cualquiera de los dos escenarios. Produce paneles, baterías, componentes, equipos eléctricos y tecnología, al tiempo que conserva capacidad térmica y acceso a combustibles. El resultado es una posición estratégica formidable: puede vender al mundo la........

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