Opinión: Migrar dos veces
Hay personas que migran una vez: cruzan una frontera, dejan una casa, aprenden otra ciudad. Y hay quienes parecen obligadas a migrar dos veces: primero de su país y luego del lugar que la sociedad les asignó por ser lesbianas, gais, bisexuales o trans. Escapan de una crisis, de una amenaza o del hambre, pero al llegar descubren que el equipaje también trae los prejuicios ajenos. Para ellas, la frontera no siempre termina en el puesto migratorio.
Crisbeli Dayana Escobar Rojas es una mujer trans venezolana de 22 años. Llegó a Colombia en 2017 con su familia, empujada por la escasez de alimentos y la incertidumbre económica. Su migración fue también una cadena de desplazamientos: el cruce por Cúcuta, el riesgo de ser separada de los suyos por actores armados, un albergue en Bucaramanga y nuevos comienzos en Ciudad Bolívar y Soacha. A la dificultad de regularizarse se sumó la de construir su identidad y su proyecto de vida lejos del país donde nació. Sin embargo, cuando habla de su historia no elige la palabra miedo. Elige otra: esperanza.
Rubyh Yireth Ordoñez Mapary es una mujer lesbiana venezolana que salió de Maracaibo después de recibir amenazas y enfrentar hechos de violencia. Llegó hace más de una década y reconstruyó su vida en Riohacha, una ciudad que ella misma describe como profundamente machista. Allí vivió una doble discriminación: por ser venezolana y por su orientación sexual. También tuvo que buscar atención en salud, regularizar sus documentos y aprender a cuidar, con su pareja, a dos sobrinos cuyos derechos hoy defiende. Es comerciante y estilista; si tuviera que resumir su historia, dice, sería: “renacer con nombre propio”.
Las historias de Crisbeli y Rubyh revelan una realidad que suele desaparecer entre las cifras. Colombia alberga a más de 2,8 millones de personas provenientes de Venezuela y se ha convertido en país de destino, tránsito, retorno y acogida. Pero la movilidad........
