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Un 8M gratis

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13.03.2026

Recuerdo con una sonrisa la fiesta de cumpleaños en que mi amigo el poeta Juan Antonio Bernier se puso de pie y, haciendo tintinear una copa de vino con una cucharilla, anunció que yo debía pronunciar unas palabras por ser la homenajeada. "Aunque Azahara no habla si no le pagan" –matizó, desatando una ristra de carcajadas–. La anécdota ha quedado en los anales de nuestro círculo más cercano no necesariamente como símbolo de mi laconismo, sino como la prueba jocosa de las veces que he rechazado comparecer en eventos culturales que no ofrecen remuneración. Una vida dedicada a la literatura (y al periodismo), ámbitos del pensamiento profundamente precarizados, implica una serie de sacrificios que tienen que ver con trabajar en condiciones mejorables a cambio de una foto, el aplauso anónimo o el ‘like’ en redes; la visibilidad como compensación cuantitativa –pero nunca económica– se ha impuesto tiranamente bajo la premisa falaz de que la vocación ya conlleva una satisfacción implícita, y exigir más que la nutrición momentánea del ego puede incluso sonar petulante. Ahora bien, existe una versión aún más turbia de esa demanda de mano de obra –o cerebro de........

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