Cuando una lengua vive, un mundo permanece
Hay fechas que sirven para celebrar. Y hay fechas que, además de celebrar, nos invitan a pensar. El Día Europeo de las Lenguas, que conmemoramos cada 26 de septiembre, debería ser una de ellas. Porque hablar de lenguas no es hablar únicamente de palabras, de gramática o de formas distintas de nombrar la realidad. Hablar de lenguas es hablar de personas, de memoria, de identidad, de conocimiento, de emociones y, sobre todo, de futuro.
Europa es un continente extraordinariamente diverso desde el punto de vista lingüístico. Esa diversidad no es una anomalía que debamos corregir, ni un obstáculo para la convivencia. Es, precisamente, una de sus mayores riquezas. Sin embargo, no todas las lenguas parten de las mismas condiciones. Mientras algunas cuentan con millones de hablantes, una presencia institucional consolidada y una enorme capacidad de difusión internacional, otras necesitan del compromiso cotidiano de sus comunidades para garantizar algo tan sencillo –y tan extraordinario– como seguir siendo habladas por las próximas generaciones.
El lingüista David Crystal ha explicado que una lengua no existe al margen de las personas que la hablan. Una lengua vive cuando se habla, cuando se transmite, cuando se escribe, cuando se canta, cuando se enseña, cuando se utiliza para expresar amor, enfado, humor, conocimiento o esperanza. Y muere cuando deja de ser transmitida y utilizada por una comunidad. La desaparición de una lengua, por tanto, no es solamente la desaparición de un código lingüístico: supone la pérdida de una determinada manera de interpretar y contar el mundo. Por eso, cada lengua que desaparece empobrece nuestra humanidad compartida.
Y por eso también las........
