Seres imperfectos
Hay escenas que, aunque hayan ocurrido hace dos mil años, parecen escritas ayer. Una de ellas es la del Evangelio de Juan en la que llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio. Los acusadores, seguros de su superioridad moral, esperan que confirme el castigo. Jesús los mira y pronuncia una frase que ha atravesado los siglos: “Aquel que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”.
Nadie se anima. Uno tras otro, los acusadores se retiran, comenzando, de manera significativa, por los más viejos. La anécdota contiene una de las grandes lecciones sobre la condición humana. Somos extraordinariamente rápidos para descubrir las faltas ajenas y sorprendentemente lentos para reconocer las propias. Juzgamos con una severidad que rara vez aplicamos a nosotros mismos. Nos escandaliza la mentira del otro, pero encontramos explicaciones para las propias, condenamos la intolerancia ajena, pero justificamos la nuestra cuando creemos tener razón, exigimos lealtad, pero llamamos “circunstancias” a nuestras propias traiciones.
Y así vamos por la vida, señalando con el dedo mientras olvidamos que, cuando apuntamos a alguien, otros tres dedos de nuestra propia mano nos señalan a nosotros.
La otra imagen evangélica es todavía más contundente: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?”. La metáfora........
