Decibeles en alza
Cada vez que recorro la avenida Rancho Boyeros me surge la sensación de estar al borde de una pista de MotoGP. Pareciera una metáfora exagerada; pero el rugido de motocicletas sin silenciador irrumpe a cualquier hora del día —y de la noche— como si la vía pública fuera territorio sin reglas.
Y no se trata de un fenómeno aislado. Lo que ocurre en esta arteria se repite, sin temor a equivocarme, en casi cualquier punto de la geografía capitalina. La ciudad parece atrapada en un circuito de carreras improvisado donde los excesos de ruido se han normalizado.
El molesto rugido se padece a diario en hogares, centros educativos, hospitalarios y espacios públicos, lo que afecta el descanso, la tranquilidad y la salud de quienes habitan o transitan por zonas aledañas.
Lo más desconcertante es que Cuba no carece de leyes para enfrentar esta situación. El marco legal existe y es claro, aunque en la práctica ese respaldo parece quedar archivado lejos del ruido real de las calles.
La Constitución de la República, en su artículo 75, reconoce el derecho de las personas a disfrutar de un medio ambiente sano y equilibrado, y........
