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El truco de ‘El Mentalista’

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23.03.2026

23 de marzo 2026 - 03:08

Borges, en su poema La Fama, se preciaba de “Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas”, de siempre: la vida como sueño, el tiempo como un río, la muerte como un dormir sin sueños, las estrellas como ojos del destino de los hombres, la vida como viaje, el caos del universo como laberinto. Para Borges esas imágenes, desordenadas, nos han acompañado desde el principio, desde que el sapiens aprendió a hablar, primero, y luego, a escribir; y que se han expresado en cada momento de la historia de una manera singular. En sus obras, creyó haber conseguido -a juzgar por lo que afirma en La Fama— traducir esas metáforas al lenguaje de su tiempo. Este bloguero de arrabal no ceja en buscar de qué manera otro de los atavismos del ser humano –nuestra tendencia a engañar a los demás, consiguiendo que miren para otro lado y que no reparen en nuestros errores o atrocidades– se expresa ahora en el dialecto de nuestra época. Hablo de líderes asediados por la justicia o condenados por abusos que organizan guerras para tapar sus miserias y perpetuarse en el poder de democracias que se han postulado como ejemplares. Hablo de ese exterminador bíblico, acusado de corrupción, asesino sin compasión ni límite, que arrasa poblaciones enteras y mete al mundo en un callejón sin salida para que no nos fijemos en sus delitos; o de ese zar imperialista que devora territorios europeos –y disimula así su tiranía- llevándose por delante vidas, ciudades y culturas. En la serie de televisión El Mentalista he aprendido que, este juego de birlibirloque podemos traducirlo, metafóricamente, por el “el truco del mago”. El ilusionista se hace acompañar en el escenario de una bellísima mujer para que el público se fije en ella, en el reflejo de las luces de las candilejas en su bañador de lentejuelas, mientras que él monta sus trucos. En España, tenemos un maestro en el arte del escamoteo, el mago Pedro Sánchez, que desvía nuestra atención hacia los resplandores del extranjero, mientras que él monta sus trucos en el escenario patrio para permanecer en el poder. El personaje, suscita odios y amores extremos. Lo siguen y lo persiguen, sin desmayo, una corte de ‘pedroadictos ‘, seguros de que dejan el ‘mono’ en cuanto se lo propongan y de que ellos controlan. Pero hasta que no vayan a terapia, no podemos confiarnos.

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