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De arriba abajo

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31.03.2026

31 de marzo 2026 - 03:08

Todos somos de la muy piadosa Cofradía de la Acera, que es, según José María Nieto, la segunda más antigua, porque, en cuanto procesionó la primera, se congregó un público orante. Sin embargo, cuando salimos de penitentes, la perspectiva cambia. El mundo se enmarca en los estrechos agujeros del velillo, en la rigidez de las filas y en su lentísimo avanzar. Sin poder volvernos a mirar a la Virgen cuanto querríamos, vemos sobre todo a la gente, que –con excelente criterio– no nos mira a nosotros, sino a la Señora.

Contagiados de amor al prójimo, como ocurre cuando uno se arrima al Señor, te saldría decir algo bueno a cada cual. A las muy guapas, no hace falta, porque ya lo saben, pero a las demás, que también lo son, sería, sin duda, agradable recordárselo. A las familias que han ido juntas, querrías comentarles el tesoro que tienen. A los que se han arreglado mucho, con sus trajes y sus pulcras corbatas, agradecerles que levanten el nivel. Son los costaleros de la elegancia de la comunidad.

Algo sí se puede decir a los niños que te piden cera. Si llevan un abriguito precioso, se les alaba el buen gusto de su madre. (Enseguida corren a decírselo.) Si te la piden por favor, les das las gracias por su exquisita educación. Y muy poco más.

Pero se puede todo. No somos conscientes del poder de la oración. Gabrielle Bossis se lo escuchó a Jesús en el libro Él y yo: “Un gloria puede hacer florecer desde lejos una conversión, cambiar la actitud de un gobernante, pacificar a unos pueblos, ayudar al Papa, extender la acción de los misioneros, hacer que Dios viva en el interior de las almas, acompañar a un agonizante…”. Un avemaría siempre levanta el vuelo y llega. Se procesiona para rezar, no para cotillear, pero el cotilleo se convierte en cuentas de un rosario por unos y por otros entre los que vas cruzando. La Cofradía de la Acera recoge muchas gracias a su paso inmóvil.

A menudo advierto que el mejor cosmético es la alegría. El mejor o casi, porque en la procesión se aprende que la fe todavía embellece más. Las caras se levantan a la Virgen que va justo detrás de mí y los labios musitan una oración.

Las oraciones que elevan bajan –enseguida– en un vertiginoso efecto boomerang. Yo no puedo volverme hacia la Virgen, pero contemplo exactamente lo mismo que Ella, y es muy hermoso.

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