La unidad progresista no es suficiente
Los ciclos electorales empujan a respuestas rápidas; los cambios en la cultura política exigen procesos largos de análisis y reflexión.
La discusión sobre el quiebre del oficialismo está mal planteada desde el inicio. No es que la izquierda esté en problemas porque se pelea; se pelea porque algo mucho más profundo dejó de funcionar. Las disputas entre partidos, los reproches cruzados y las amenazas de ruptura no son la causa de la crisis: son su manifestación visible, casi inevitable, cuando una alianza pierde su anclaje social. Dicho de otro modo, si no hubiera sido el caso de Gustavo Gatica, habría sido otro hecho el detonante de la crisis del oficialismo.
Estas crisis de superficie son ruidosas, pero relativamente fáciles de administrar: una reunión, un gesto de unidad, una nueva coordinación política pueden recomponer el clima. Eso ordena la escena, pero no repara el daño estructural. Lo que está fallando no es la convivencia entre partidos, sino la relación entre el progresismo y una parte decisiva de la ciudadanía.
Durante años, la alianza oficialista siguió hablando desde una cultura política que ya no es mayoritaria. Mientras el progresismo insistía en un lenguaje centrado en lo colectivo, lo estatal y lo simbólico, amplios sectores sociales se desplazaban hacia otra gramática:........
