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“Cuéntense bien”… y eviten el escarnio

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29.03.2026

Algo importante debió fallar en los cálculos de los asesores políticos de la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, o de ella misma, si a ella atribuimos las decisiones torales sobre la iniciativa de reforma electoral.

Nació esperanzadora, aunque amenazante para los órganos electorales; desafiante, sobre todo en relación con los partidos aliados de Morena, y con gran expectativa de que, si bien la presidenta no rompería con el pasado inmediato que la llevó a Palacio Nacional, sí marcaría la anhelada diferencia entre ella y su padrino, Andrés Manuel López Obrador; diferencia, no rompimiento, valga el énfasis.

Ninguna de esas características fue cumplida. Tras muchos meses de controversia y debates legislativos, amén de los interminables análisis mediáticos surgidos en todo tipo de foros por el territorio nacional, aquella sobrada iniciativa de reforma terminó el miércoles reducida a nada de lo trascendente.

Fueron convertidas en polvo las intenciones presidenciales de aventar a la historia el fuero, las diputaciones federales y senadurías plurinominales; es decir, lo gordo del caldo, la sustancia, acaso la principal y más sonada promesa de campaña de la presidenta.

No quisieron tomar en cuenta la astucia de los aliados: a los amantes indeseados, pero necesarios; a las capillitas, dicho en términos pasionales. Nada quedó de todo el plan y sí expuesta la imagen presidencial, desde cualquier punto de vista que sea derivado el análisis.

Con un pilón de remate llamado Plan B, insólitamente a cargo de la propia Cuarta T, que propuso como plato fuerte la revocación de mandato. Fue rechazada casi de inmediato y de manera enfática por el colmilludo PT, depredador del presupuesto público, experto en ver al lobo debajo de la piel de oveja… porque también es lobo. Una votación para la figura presidencial le daría votos a Morena, no a los aliados. Lo entendieron mejor que bien. A otro can con ese hueso.

Consiguieron eliminar el Plan A y, envalentonados —ellos sí, sobrados—, terminaron aniquilando también el Plan B en la parte fundamental que interesaba a Palacio Nacional: la revocación.

Nada obsequiosos, solo aceptaron las “minucias” contra el presupuesto del Instituto Nacional Electoral (INE) y algunos micro pellizcos a los ayuntamientos y a los congresos locales, cuyas afectaciones no les afectan en lo más mínimo ni dieron para presunción alguna por parte de los promoventes.

Falló a los asesores la aritmética política básica e, inclusive, las señales apuntan a que el exceso de confianza —justo la sobradez— cerró los ojos a Palacio Nacional sobre las reacciones que tendrían sus aliados en el tema del moche a las plurinominales, su modus vivendi por décadas.

Las pluris han dado a los micropartidos no solo gordos sueldos como regidores, diputados locales, federales y senadores, sino posiciones en todos los niveles de gobierno, de los tres poderes, que los han conducido a negocios multimillonarios y los han colocado en una clase fifí a la que no están dispuestos ya a renunciar. Ahora son capitalistas; dejaron hace muchos años la senda ideológica de la izquierda.

Ni por error volverán a las chozas periféricas de las que salían hace décadas para encabezar mítines “sociales de los colectivos” por todas las ciudades del país.

Nada que ver los abanicos de pedestal ni los “panchichas” con la refrigeración de alta gama, ni la cocina gourmet ahora en Tepoztlán; los depas exclusivos en Santa Fe, Polanco, Valle de Bravo… los viajes por Nueva York, España, Japón. Si necesitan leer algo, buscarán autores expertos en inversiones; Marx, Engels, Lombardo, allá que se queden como virus infecciosos en bien olvidadas bibliotecas.

Debió resultar inconcebible, notorio, para consejeros y asesores presidenciales, buscar objetivamente afectar el hábitat de los parasitarios, si son los mismos que prestan justo los cuatro o cinco votos necesarios para “la gobernabilidad”.

Sin su apoyo, no completa la Cuarta Transformación las dos terceras partes para llevar a cabo modificaciones como las pretendidas. Alto y fuerte se escuchó el grito reclamante: “Nosotros apoyamos al anterior presidente y a la actual presidenta para ganar las elecciones”. Nomás les faltó afirmar que la 4T fue parida por ellos y no por Morena tras romper su creador, AMLO, con el PRD y, antes, con el PRI.

López Obrador y Claudia hubieran ganado con solo Morena, pero no quisieron arriesgar y compraron las siglas que, no solo a los guindas, sino en su momento al PRI y al PAN, y desde luego al pueblo, les han costado grandes fortunas.

Poquitos, pero no es posible deshacerse de ellos ni obligarlos mediante decreto a ganar espacios electorales de mayoría por sí solos. Era gratificante este objetivo presidencial, pero terminó en el sonado fracaso que es.

Antes de llegar con sus planes A y después B al matadero llamado Congreso de la Unión, estuvieron obligados los asesores y jefes del “movimiento” moreno a revisar bien sus números en la Cámara de Diputados y en la de Senadores; y, si lo hicieron, calcular si doblarían por las malas, por decreto, a los que se consideran precisamente también padres del “movimiento”: PT y Verde.

“Cuéntense bien, esa reforma no pasa”, gritó acá, en el Congreso del Estado de Chihuahua, un diputado opositor al partido en el gobierno cuando discutían en el pleno un asunto también de carácter electoral constitucional. Era mayo de 2015.

Así fue recordado ese hecho por la columna GPS, de El Diario de Chihuahua, el siete de abril de 2024, justo por un tema idéntico de corte electoral:

“En algunas de sus intensas participaciones como diputado, el ahora fiscal general del estado, César Jáuregui Moreno, casi se desvestía en tribuna. Aflojaba su corbata, desabotonaba la camisa, aventaba el saco y terminaba desfajado, sudoroso y tan acelerado, que salía directo a encender uno o hasta dos cigarros al hilo”.

“¡Cuéntense bien, esa reforma no pasa!”, advertía el entonces legislador en una sesión del Congreso del Estado, en mayo de 2015, cuando era discutida la ocurrencia duartista de reducir el periodo de la siguiente gubernatura, de seis a dos años, para empatar el proceso electoral con las elecciones federales presidenciales.

“Con el índice apuntaba a varios priistas de esa época, entre risueño y desesperado, como si supiera de los múltiples distractores que su tocayo Duarte enviaba desde Palacio de Gobierno, los cuales terminaban por despistar a todos, incluso a la borregada priista”.

“Cuéntense bien… van a necesitar más de 22 votos y, con cinco que no sigan el oficialismo, la reforma no pasa. Con cinco que no voten a favor, porque algunos de los partidos del partido mayoritario no van a votar a favor…”.

“Y no pasó, quedó en mera broma y de muy mal gusto. La gubernatura terminó achicándose a cinco años, no a dos, con consecuencias lamentables hasta la fecha padecidas, luego del quinquenio de holgazanería, opacidad y corrupción, matizadas con una simulada y convenenciera lucha contra la corrupción del ahora morenista Javier Corral en ese periodo”.

Lo dicho en aquella columna nos remitirá, nada menos, que al presente de lo ocurrido en la federación, con la Presidencia de la República como actora principal:

“Pero aquella aplanadora tricolor —con sus parasitarios aliados PT, Verde, MC, Nueva Alianza, PRD y otros más— era suficiente para las reformas constitucionales del Ejecutivo encabezado por Duarte Jáquez. Le había pasado por encima no una ni dos, sino incontables veces, a una disminuida oposición panista”.

Aquella lección de matemática política brindada por el entonces líder de la minoría panista en el Congreso del Estado, actual fiscal general, César Jáuregui —precandidato del PAN a la alcaldía de la capital—, desde luego no estuvo entre los “datos” a ser valorados ahora en la discusión de la reforma nacional, pero nos confirma que los comportamientos no cambian con el tiempo en la clase política; incluidos, en la cresta de los resultados brillantes, los errores.

En palabras de Jáuregui, el orgulloso senador ¡pluri! del PT y jefe nacional de ese partido, Alberto Anaya, siempre repitió: “Cuéntense bien”; y le hicieron caso, después del oso.


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