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El café, una costumbre cruceña que se renueva

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01.10.2026

Hay recuerdos que tienen olor. Para mí, uno de ellos es el olor del café. Me lleva inmediatamente a mi infancia, a las tardes con mi abuela y mi madre, sentadas bajo la parra de Santa Rita, tomando un cafecito. Y me lleva también a una Santa Cruz muy diferente a la de hoy, cuando las puertas de las casas permanecían abiertas hacia la calle y vecinos y amigos entraban y salían con naturalidad.

Bastaba que alguien conocido pasara para escuchar:

—¡Vení! ¿Dónde vas? ¡Entrá! Tomate un café con pan.

No era necesario anunciarse ni preparar una invitación. Siempre había lugar para alguien más y casi siempre había café.

Ahora que se acerca el 1° de octubre, Día Internacional del Café, he pensado mucho en esa costumbre. Porque mientras hoy hablamos de café de especialidad, de baristas, variedades, tostados y diferentes métodos de preparación, los cruceños llevamos generaciones encontrándonos alrededor de una taza de café.

No es una moda nueva. El café siempre estuvo en nuestra mesa.

El café de la siesta.

En la Santa Cruz de mi infancia tomábamos café todos los días. En la mañana, antes de ir al colegio, estaba el café con leche acompañado de pan, queso y algunas veces algún dulce, como el manjar blanco. Después del almuerzo venía la siesta. Y alrededor de las cuatro de la tarde llegaba otro momento casi infaltable: el café de la siesta.

Café puro o café con leche. Y para acompañarlo, nuestro horneau: pan de arroz, cuñapé blando o abizcochau, roscas de maíz o simplemente pan de harina. Muchos de esos alimentos estaban hechos precisamente con lo que se producía alrededor de Santa Cruz: arroz, maíz, yuca. Nuestra gastronomía se fue construyendo también a partir de lo que nuestra tierra podía darnos.

Era una costumbre tan cotidiana que nunca pensamos que algún día tendríamos que explicarla. Simplemente era nuestra manera de vivir.

Y alrededor de ese café........

© El Deber