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Aena y el maldito millón de euros de su premio literario

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10.04.2026

¡Un millón de euros para el mejor libro del año! ¡Qué barbaridad! ¡Qué despilfarro y ostentación! Y por si fuera poco, regalados a través de una empresa cuyo accionista mayoritario es el Estado. Este ha sido el recibimiento que no pocos han dado al premio literario que, en su primera edición, se entregó el miércoles por la noche en Barcelona convocado por Aena.

Tratándose de una empresa cotizada, aunque opere bajo supervisión gubernamental dada su composición accionarial, se impone en primer lugar una valoración del sentido del galardón desde el punto de vista de la gestión del equipo directivo. ¿Es una buena decisión empresarial?

En ese punto Aena acierta. Básicamente, porque la inversión es sin duda rentable. La empresa ha detectado un nicho de patrocinio en el que podía ubicarse comunicativamente de un modo disruptivo y ha asociado su marca a algo percibido de manera unánime como algo positivo y enriquecedor: la literatura.

El coste total de su iniciativa -2,5 millones- es mucho dinero para la mayoría de los ciudadanos, pero guarda proporcionalidad con los presupuestos que maneja la compañía en el terreno del márquetin y la responsabilidad social corporativa.

Si el certamen tiene continuidad y se consolida en el futuro, Aena se garantiza un ámbito de promoción de su marca a través del ámbito literario, virgen para los grandes actores corporativos que no son del propio sector editorial.

Otras empresas eligen la Liga, la F1, estampar su logo en una camiseta de un equipo de básquet o cualquier otra iniciativa. Aena se asegura una punta de notoriedad informativa anual a través del premio, lo que le supone un retorno de la inversión en activos intangibles pero medibles.

Sería algo perfectamente explicable si su accionariado fuese totalmente privado. Pero lo es también con el Estado como accionista mayoritario con el 51% de las acciones. Nos pasamos el día exigiendo que las empresas públicas, semipúblicas o parapúblicas se gestionen con los mismos criterios de eficacia que las privadas. Así que no tiene mucho sentido criticar su decisión desde el punto de vista del coste que le supone a la compañía el premio literario de marras.

Luego están las críticas centradas, no ya en el coste de la operación, sino en el impacto real sobre el mundo del libro. También sobre si no había formas mejores de invertir ese montante, como, por ejemplo, becas para escritores noveles prometedores. Hay quien incluso apunta a la posibilidad de que un premio tan bien dotado desincentive la necesidad de seguir escribiendo a autores ya consolidados, idea que se apoya en el convencimiento romántico de que es el hambre el que azuza el ingenio y que un autor que nade en la abundancia está capado para escribir una línea de mérito.

Están también los desaires al premio por los riesgos de dirigismo y politización. O que la nómina de aspirantes a ganarlo sea previsible. Y, por supuesto, quienes piensan que cualquier intento de elegir un libro como el mejor del año no deja de ser en el fondo una boutade. Por último, la crítica definitiva que pretende convertir en algo obsceno la cantidad que se otorga al ganador: ¡un millón!

Ayer window.ECCO.emit('EC:import:ec-ecommerce-body-tag'); en Amazon el libro premiado estaba agotado. Así que algún que otro impacto tiene la iniciativa en la venta de ejemplares al por menor. Y será en la medida que el premio gane prestigio que los libreros estarán en el futuro más o menos satisfechos con la iniciativa.

La idea de que embolsarse un millón suponga poner fin a la carrera de alguien que escribe equivale a pensar que un jugador como Mbappé jugase solo una temporada porque con ella ya habría ganado lo suficiente como para vivir dos, tres o más vidas. Como argumento es sencillamente ridículo, salvo que alguien crea de verdad que para juntar letras con gracia, cuanto más pobre, mejor.

En cambio, las críticas que se asientan sobre los riesgos futuros del premio tienen base. El dirigismo, la politización, el detrimento de la calidad en favor de otras variables a la hora de fallar el premio, la previsibilidad sobre futuros ganadores, etc, son tentaciones y amenazas de las que debe protegerse cualquier iniciativa similar.

Ahí está alguno de los premios literarios de mayor notoriedad, ya sucumbido, para acreditar lo razonables que son estos temores. Pero en su primera edición, los organizadores del premio literario de Aena han sabido blindarse de todo ello en favor de la seriedad y el prestigio. Eso ha sido así tanto en el proceso de selección del jurado (la coincidencia sobre su prestigio y seriedad es prácticamente unánime) como de las cinco obras finalistas (todas ellas valoradas muy positivamente por los especialistas y críticos literarios). También se solventó con gran profesionalidad la manera de fallar el premio. No hubo filtración alguna. Y ni siquiera se facilitó información embargada a los medios de comunicación para que pudiesen preparar sus textos con anterioridad al momento en el que se hizo público el nombre de la ganadora en el transcurso de la gala.

¿Puede deteriorarse este modo exquisito de proceder? Por supuesto que sí. Pero en esta primera edición las cosas se han hecho, digámoslo claro, exquisitamente bien. Si Aena quiere que el premio siga rentándole como inversión y no acabar en chirigota, deberá mantener el nivel de autoexigencia de la primera edición. De la empresa depende. Pero que lo consiga o no, no es cosa del presente sino del sumatorio de ediciones futuras. Porque el arranque ha sido, desde el ángulo de la organización, francamente prometedor.

Por último, tienen razón quienes afirman que no es posible elegir el mejor libro del año y que cualquier intento ha de acabar forzosamente en una injusticia para muchos escritores. Pero entonces no debería existir premio alguno. Así que no tiene mucho sentido enrocarse en este ángulo de la crítica.

Y sobre si hay algún libro que realmente se merezca un millón de euros, la respuesta ha de ser forzosamente un no rotundo. Pero no es, a mi modo de ver, esa la cuestión.

Un premio económico de este importe, o de cualquier otro montante, no es más que un modo visible de hacer tangible y material la consideración, el prestigio y el reconocimiento social a una obra y a su autor. Y, a través de él o ella, a toda la literatura y al oficio de contador de historias a través de las letras.

Por eso mismo, para algunos de los que amamos la lectura y admiramos a quienes la hacen posible escribiendo, el premio literario de Aena nos parece una noticia cultural excelente. Ojalá podamos decir lo mismo de las ediciones futuras.


© El Confidencial