Elegía a Juan-Lozano, presidente de La Concordia
Creado: 15.10.2026 | 06:00
Actualizado: 15.10.2026 | 06:00
Nos quedan cosas que contarte, Juan. Esa es hoy una de las formas más hondas de tu ausencia: saber que la vida seguirá trayéndonos preguntas, motivos de alegría, alguna indignación, y que ya no podremos buscar tu parecer ni escuchar tu respuesta. León continúa con sus ocupaciones; nosotros también tendremos que hacerlo. Mas algo ha cambiado en el modo de habitar la ciudad. Falta el amigo. Falta una voz que sabía ofrecer claridad sin herir. Todavía nos cuesta hablar de ti en pasado.
Para quienes tuvimos la suerte de conocerte, tu nombre convocaba una confianza. Estaban el jurista, el conversador, la memoria prodigiosa, el humor refinado; pero todo pertenecía a una misma persona, reconocible y entera. Sabíamos que podíamos discrepar contigo sin perder tu afecto. Sabíamos que detrás de tus palabras había una conducta. Y alrededor de la mesa de La Concordia, esa confianza se convertía en una forma de estar juntos. Presidías La Concordia. Ahora comprendemos cuánto decía aquel nombre de ti. La peña, reunida el último jueves de mes desde hace más de tres décadas alrededor de mesa, mantel y vino, era mucho más que una cita festiva. Allí se encontraban la cultura, la conversación política y las inquietudes de León.
Era un «foro de tratarse, encontrarse y no matarse»: una expresión que contiene humor y una advertencia contra nuestra facilidad para convertir el desacuerdo en agravio. Antes de juzgarnos desde lejos, convenía conocernos. Antes de romper, sentarnos a hablar. La Concordia no exigía dejar las convicciones a la puerta. Exigía algo más difícil: entrar con ellas y aceptar que los demás hicieran lo mismo. Juan-Lozano sabía que compartir una mesa no resuelve todas las diferencias, pero ayuda a recordar que al otro lado hay una persona. Mantener abierto aquel espacio requería paciencia, firmeza y medida. Había que escuchar, afirmar un criterio y devolver al humor una conversación que comenzaba a endurecerse. Él sabía hacerlo sin reclamar para sí el centro. Siempre admiré su buen hacer.
Veía en él la encarnación de aquella auctoritas romana que tanto convenía a su personalidad: el prestigio moral nacido del reconocimiento. Su........
