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Los respetables

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31.03.2026

31 de marzo 2026 - 03:07

Cada vez que veo, oigo y vivo la Semana Santa en la forma en que aquí se manifiesta, y es imposible no hacerlo, recuerdo las palabras de algunos acérrimos que dicen o escriben que la Iglesia española y el cristianismo en general sufren persecución en nuestro país, o que los cristianos no disfrutan de la misma libertad de expresión que a todo el mundo se le reconoce. Durante una semana esa manifestación religiosa invade las calles del país, con el apoyo, la complicidad, la indiferencia o la resignación de todo un pueblo, sea creyente o no, ateo o agnóstico.

En estos momentos está en marcha en San Fernando una campaña, impulsada por hermandades, Ayuntamiento, hosteleros, comerciantes e incluso una clínica privada, en petición de “respeto” para las procesiones. Se refieren, claro está, a la actitud y comportamiento de algunas personas que cruzan por en medio de los cortejos o hacen cosas de humanos como gritar o beber y comer durante los desfiles religiosos, que pretenden un clima de recogimiento a su paso. Siendo este respeto a los demás exigible todo el año y para todos los casos, uno tiende a comprender la inquietud de los cofrades, pero ve en esta petición un punto excesivo en cuanto a reclamación a un público que se supone heterogéneo en creencias, educación y procedencias.

Viene esta reflexión a cuenta de otra constatación: no sé cuánta cantidad de respeto echan en falta las cofradías, a las que, como ya se ha dicho, no sólo se cede con generosidad el espacio público (que también es de los ateos, los agnósticos y los practicantes de otras religiones), sino que se ponen gustosamente a su disposición servicios y funcionarios públicos para el buen discurrir de pasos y penitentes, y no sólo en Semana Santa; se cortan itinerarios de transportes colectivos; se transforma temporalmente el aspecto de algunas vías y plazas; reciben la visita y protección de políticos y dirigentes civiles de todas las ideologías; alcaldes y concejales rinden pleitesía a su Señor participando en los cortejos representando a todo el pueblo... En definitiva, gozan de una posición privilegiada en un país en el que se supone que el Estado y la Iglesia deben estar separados.

Soy de este pueblo y por lo tanto capaz de sentir la belleza trascendente de esta manifestación religiosa, así que comprendo la petición de respeto que hacen ante la grande y única representación teatral que todo esto supone, pero si hablamos en estos términos quizá deberían también aguantar los posibles silbidos o protesta de alguna clase de auditorio disconforme, tal vez crítico o quizá poco preparado, pero siempre, igualmente, respetable público.

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