Y quinientas noches…
Desde los primeros acordes, una sonrisa ilumina mi cara y un desfile de personajes bizarros inunda mi mente. Según mi madre, soy fácil para desenamorarme y cortar lazos. Mucho más que para empezar historias, afirma con asombro.
Lo que ella no sabe es que cada ruptura lleva un preámbulo de insomnio y procrastinación reflexiva que puede durar días o meses. En tres ocasiones me tomó años cerrar definitivamente. (Si el sexo es bueno, el cuerpo se niega a cooperar).
No sé si es don o maldición, pero cuando empiezo un amorío sé más o menos el tiempo que podría durar, así que lo vivo al cien por ciento, pero no me deprimo ante el parpadeo del fin.
…De pronto me vi / como un perro de nadie, ladrando a las puertas del cielo. / Me dejó un neceser con agravios, la miel en los labios / y escarcha en el pelo…
Siempre busco sacar el máximo de cada relación, no importa si hay peleas o insatisfacciones. Hasta que algo se rompe en silencio, más allá del dolor o la duda, y queda claro que seguir ahí significa no respirar decentemente.
Entonces suelto con naturalidad, sin reproches ni escenas grandilocuentes. Y como casi todas las relaciones transcurren en mi casa, me basta con recoger sus cheles y ponerlos en la puerta para que la intención sea........
