Radiografía al estallido siete años después: vigencia y/o debilitamiento del hito de 2019
Acabamos de entregar al público la encuesta LCN, en su edición 45, con una entrega especial a siete años del estallido social. Por supuesto, la encuesta fue diseñada para investigar cómo ha evolucionado el estallido, es decir, lo que coloquialmente se plantea a partir de la pregunta sobre cómo ha envejecido el estallido. Dedicamos esta columna a dar los resultados más relevantes y una interpretación que nos parece pertinente y objetiva.
A siete años de octubre de 2019, el estallido social conserva su importancia como acontecimiento histórico, pero ha perdido buena parte de su legitimidad como proyecto de transformación política y social.
La sociedad chilena sigue reconociendo que algo fundamental ocurrió entonces, pero la evaluación de sus consecuencias se ha vuelto predominantemente negativa. El acontecimiento permanece en la memoria, aunque su promesa política se encuentra considerablemente debilitada. El horizonte dejó de ser un horizonte, aunque su debilitamiento es elevado en relación al apoyo original, pero sus puntajes actuales son relativamente competitivos.
El estallido fue recurso político para los distintos sectores. Fue altamente provechoso para la izquierda durante un largo período entre el estallido de octubre de 2019 hasta los primeros seis meses de la Convención Constitucional, lo que permitió el triunfo de Gabriel Boric en su candidatura a la Presidencia de la República.
Sin embargo, ya desde inicios de 2022 comenzó un ciclo favorable a la derecha radical, generándose un ecosistema que comienza con el crecimiento del Partido Republicano, el triunfo electoral a la hora de constituir el consejo constituyente (segundo proceso) en 2023 y que luego de querellas internas generaría un ecosistema más grande donde destacaron el entonces diputado Johannes Kaiser y el actual presidente José Antonio Kast.
El “apruebo” de entrada tuvo el 80% de apoyo al proceso constituyente. El rechazo a las dos propuestas constituyentes puede significar una impugnación radical a todo proceso de institucionalización o una crítica profunda a las dos propuestas realizadas. No tenemos, al respecto, buenos antecedentes para dirimir. Y aunque lo preguntemos, cosa que haremos en la siguiente edición, sus resultados pueden no ser suficientes en absoluto para una conclusión mayor. Las opiniones que recogemos pueden ser un fenómeno, pero un par de opiniones no revelan necesariamente un fenómeno (un asunto que muchas encuestas debieran considerar como límites relevantes de señalar).
Ahora bien, el punto a señalar es que el recurso del estallido ha entrado en una etapa de debilitamiento. El estallido ha perdido rendimiento como recurso político para quienes han construido parte de su posición pública mediante su condena.
Durante los últimos años, la referencia positiva o negativa al estallido permitió articular identidades políticas, establecer fronteras morales y movilizar adhesiones frente a las consecuencias atribuidas a octubre de 2019. Pero ese recurso parece haber alcanzado un punto de saturación y su consecuente estancamiento. Entre quienes mantienen una valoración positiva del acontecimiento, la insistencia en condenarlo tiene escasa capacidad adicional de persuasión. Entre quienes ya lo rechazan, el discurso encuentra una disposición previamente consolidada, sin que ello implique........
