La desenergía de la subyugación
Hay formas de dominación que se ejercen mediante leyes, la fuerza, el dinero o la información. Pero existe una más profunda: controlar aquello de lo que una sociedad depende para vivir. Y pocas cosas son tan esenciales para la vida contemporánea como la energía. Ella ilumina las casas, conserva los alimentos, mueve el agua, permite funcionar a los hospitales, sostiene las comunicaciones y hace posible que una sociedad estudie, trabaje y produzca.
Por eso conviene preguntar, antes que el precio de la electricidad: ¿puede ser verdaderamente libre una sociedad que no decide sobre la energía de la que depende su existencia? La energía no solo produce riqueza. Puede producir dependencia. Puede producir autonomía. Puede liberar. Y también puede subyugar. De esa última posibilidad surge el concepto de desenergía de la subyugación.
No toda falta de energía es subyugación. Una sociedad puede sufrir escasez por causas económicas, técnicas, climáticas o bélicas sin que exista una voluntad deliberada de dominación. La desenergía de la subyugación es otra cosa: es la privación, restricción o dosificación deliberada del acceso a la energía indispensable para la vida, convertida en mecanismo para reducir la autonomía material de una población y aumentar su dependencia de quienes controlan ese acceso. Aquí la energía deja de ser infraestructura y se convierte en instrumento de poder.
No hace falta que un país quede a oscuras para que exista desenergía. Puede haber electricidad y hogares sin suministro; capacidad de generación y comunidades que reciben solo una fracción de lo necesario; una red disponible cuyo acceso depende de decisiones ajenas al ciudadano. La desenergía no significa necesariamente ausencia de energía. Significa algo más complejo: energía disponible, pero autonomía negada. Quien controla el acceso a lo que sostiene la vida cotidiana adquiere una capacidad extraordinaria para condicionar la conducta de los demás.
Aquí aparece una distinción fundamental: una cosa es poseer derechos y otra disponer de las condiciones materiales para ejercerlos. La ciudadanía puede ser jurídicamente universal y materialmente desigual. Podemos reconocer la libertad de movimiento, pero sin energía........
