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Energía para liberar tiempo de vida

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13.09.2026

Durante siglos, la ciudadanía estuvo definida fundamentalmente por la pertenencia a un territorio. Ser ciudadano significaba pertenecer a una nación, estar protegido por sus leyes, asumir sus deberes y ejercer determinados derechos. La libertad política se construyó alrededor del Estado, las instituciones, la ley y el derecho al voto.

 

Sin embargo, la historia de la humanidad contiene una dimensión que durante mucho tiempo permaneció oculta detrás de esas categorías políticas: la energía. Toda civilización requiere energía para alimentarse, transportarse, producir, comunicarse, iluminarse y construir. Mientras la filosofía y la ciencia política discutían sobre democracia, libertad y derechos, rara vez nos preguntábamos quién controlaba la matriz energética que hacía posible nuestra existencia cotidiana.

 

La civilización fósil resolvió esta necesidad mediante una extraordinaria operación histórica: convirtió depósitos acumulados durante millones de años en la fuerza motriz de apenas unos pocos siglos de desarrollo. Carbón, petróleo y gas permitieron multiplicar la capacidad productiva de la humanidad, pero también estructuraron una determinada arquitectura económica, política y geopolítica. La energía estaba localizada en el subsuelo, era finita y exigía masivas infraestructuras para ser extraída, transformada y distribuida.

 

El ciudadano moderno recibió así una paradoja estructural: podía ser políticamente libre y, al mismo tiempo, energéticamente dependiente. Podía votar, elegir representantes, poseer propiedad y disfrutar de derechos civiles, pero no podía decidir de dónde procedía la energía que calentaba su hogar, movía su vehículo, alimentaba su industria o sostenía su economía. La fuente energética permanecía distante, invisible y fuera de su control.

Ante este panorama, la pregunta que se abre para el siglo........

© Aporrea