¿Para qué sirve Salvador Allende? A 53 años de su muerte
"Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pasa el hombre libre, para construir una sociedad mejor." Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973
La herida abierta de septiembre
Cada 11 de septiembre, cuando la fecha marca el aniversario de su muerte, el ritual se repite con una regularidad tan predecible como la de los rituales de Estado: discursos grandilocuentes, ofrendas florales y la invocación de un nombre que parece servir más para consagrar el poder existente que para desafiar sus estructuras.
Se le momifica como una estatua de bronce o se le reduce a un mártir de la democracia, cuando no se le vilipendia como un caudillo fracasado. Pero ninguna de esas dos operaciones —la hagiografía o la demonización— acierta a comprender la pregunta fundamental que su vida y obra nos plantean: ¿cómo se transforma una sociedad cuando el peso de siglos de dominación, la inercia de la desigualdad y la fuerza de los imperios están en su contra?
Por eso, cuando se pregunta por la actualidad de su pensamiento, la respuesta no debe hallarse en la fiel repetición de sus proclamas, sino en la fidelidad a su problema central: el de la construcción de un proyecto político soberano, justo y socialista en un continente fragmentado y asediado.
Allende no murió defendiendo una abstracción: murió defendiendo la posibilidad de que un pueblo construyera su destino por la vía democrática, en pluralismo y libertad. Pero su pensamiento no era un particularismo chileno: era una reflexión sobre las condiciones universales de la emancipación en los países dependientes. Sus consignas no valen solo para Chile: valen para toda Nuestra América.
La pregunta por su utilidad hoy no puede ser respondida por la estatua, sino por el análisis de su método y sus advertencias. ¿Ha sido superada la necesidad de una vía democrática al socialismo? ¿Es el "Vietnam silencioso" que describió un concepto arcaico o una realidad más vigente que nunca frente a los nuevos embates del imperialismo?
La vía chilena: socialismo en democracia, pluralismo y libertad
La teoría política de Allende no se forjó en el gabinete, sino en la práctica médica, en la militancia universitaria y en la derrota electoral. Su primer gran diagnóstico contiene una crítica mordaz no solo al reformismo, sino a la desconexión fundamental entre el liderazgo revolucionario y la realidad del pueblo. Allí acuña un concepto que ilumina su pensamiento: el de la "revolución con sabor a empanada y vino tinto".
Advirtió que "los teóricos del marxismo nunca han pretendido, ni la historia demuestra, que un partido único sea una necesidad en el proceso de transición hacia el socialismo". Es decir, el primer y más grave error fue construir instituciones ideales sobre una base social que no las comprendía ni estaba preparada para sostenerlas.
Aquí surge el núcleo de su propuesta política: la necesidad de un liderazgo que no se limite a gobernar, sino que eduque y transforme al pueblo desde dentro, forjando una nueva conciencia nacional. No se trata de un caudillismo personalista, sino de una vanguardia que asuma la tarea de "formar el corazón" de los hombres para la libertad, como él mismo le reconoce a su pueblo: "No tengo pasta de apóstol ni tengo pasta de mesías, no tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea".
Allende no fue un iluso que creyera que la revolución se hace sola. Comprendió que la transformación del pueblo era la condición para la transformación de la patria, y que esa transformación era posible gracias a la fe depositada en el proyecto común. En su discurso de 1971, lo expresó con claridad:
"Nuestro camino será aquel construido a lo largo de nuestra experiencia, el consagrado por el pueblo en las elecciones, el señalado en el Programa de la Unidad Popular: El camino al socialismo en democracia, pluralismo y libertad."
Esta no era una concesión táctica, sino una convicción estratégica. Allende entendía que la revolución no es una receta que pueda aplicarse en cualquier latitud:
"La revolución no es una receta que pueda aplicarse en cualquier latitud. La revolución es un cambio profundo, es la transformación del sistema, es abrir paso a las grandes mayorías, es hacer que el campesino, que yo también, seamos ciudadanos iguales. La revolución es aprovechar lo mejor que otros hicieron y lo mejor de nuestra historia, de nuestro pueblo, para cimentar el futuro. La revolución no es........
