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Noelia ha muerto. Una víctima de las 14 violaciones que ocurren cada día, una de las 2432 personas que han solicitado la eutanasia, un escándalo que se repite día a día en el suicidio de las más de 4000 víctimas cada año, primera causa de muerte entre jóvenes abandonados a su suerte ante la ausencia total de asistencia a la salud mental, muertes a las que se suma el suicidio asistido que protegen las leyes de una élite de lobos asesinos, vestidos de ovejas compasivas. A Noelia la siguen despedazando, ya muerta. Ella, desgraciadamente, siempre ha sido una cosa para otro, un medio o un objeto, nunca un fin. Violada en su integridad física, y arrebatado su desarrollo personal ha sido usada por todos y ahora, una vez más, en su muerte. Bendecida por la secta de la destrucción. Noelia fue arrebatada a su familia, fue arrebatada por los servicios sociales que debían tutelarla, encarcelada en un centro de menores por insuficiencia de recursos familiares, por disfunciones familiares tratables, mientras se financia y se premia a toda suerte de inmigrantes ilegales. El Estado no le proporcionó más formación que para ser víctima, no proporcionó ayuda a sus familiares directos, ni vivienda, ni atención social. El Estado ofrece la muerte, la aniquilación. La consigna nihilista del socialismo sanchista: no tendrás nada y serás feliz. Solo serás feliz cuando te hayamos ejecutado. La abuela le recuerda su visita a Lourdes, el maravilloso futuro que le espera en la otra vida, junto a ella cuando muera. Los totalitarios quieren eliminar cualquier vínculo que haga que una persona tenga identidad: su familia, su trabajo, su vivienda, su comunidad, su patria. A Noelia le arrebataron su identidad y tras haberla perdido, le ofrecieron arrebatarle su vida. El ataque es un feminicidio encubierto que no solo destruye su identidad social, sino la mismísima posibilidad de ser reconocida como sujeto. Como pasa con cada suicida.
Noelia Castillo ha vivido en un estado de indefensión aprendida, como un objeto de consumo, como una cosa para otros. Ni siquiera se atreve a denunciar las agresiones sexuales mientras estaba recluida bajo protección pública, porque ha desarrollado esa conciencia de víctima, víctima, también, de las feministas proislámicas que la han abandonado a su suerte, que no han protegido la interposición de una denuncia, que aceleran el paso para facilitar la eutanasia. Noelia Castillo como víctima actúa como un sujeto que desconoce tener propósitos, que los pierde en el proceso suicida de liberarse de una angustia inmanejable, cualquier situación la desborda, cualquiera la humilla, mientras, somete a prueba el deseo del otro porque viva. Su padre presente no pudo hacer nada cuando se arrojó al vacío. El padre ausente se devana los sesos, consciente de su fracaso. Noelia se desmerece a sí misma y se pregunta por su existencia, y concluye su inutilidad y experimenta hastío. Esa representación de sí misma que se describe como un estado de alienación subjetiva, donde el sujeto no se experimenta como un agente autónomo, deseante y deseable, se percibe como una cosa objetivada al servicio exclusivo de cualquier otro actor. El resultado es una pasividad extrema, la ausencia de proyecto vital y la convicción de que “nada depende de lo que haga”. Noelia Castillo no es parapléjica, un bulo que extienden los medios que viven del erario público. Noelia presenta una paraparesia consecutiva a un intento de suicidio, que no le impide subir las escaleras para ver a su abuela.
La indefensión de Noelia Castillo no era solo cognitiva: era existencial; ya no se reconocía como sujeto. Un siniestro diagnóstico psiquiátrico lo etiquetaba como trastorno límite de la personalidad. Noelia Castillo sentía náusea ante su propia existencia, sentía cansancio de rumiar sobre un........
