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Juan Pérez de Mungía: «La dinastía y la legitimidad constitucional en su ocaso»

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24.03.2026

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Juan Pérez de Mungía: "El harem de Sánchez en su cortijo familiar"

La monarquía española que representa Felipe VI adolece de un vicio estructural de origen que condiciona su sostenibilidad. Su restauración en 1975 no fue el resultado de un plebiscito popular ni de una sucesión dinástica orgánica tras la abdicación de Alfonso XIII. Franco la configuró expresamente, mediante la Ley de Sucesión de 1947 y la designación de Juan Carlos “a título de Rey” en 1969, como mecanismo de estabilización para impedir el retorno de la Segunda República. La II República había demostrado su inviabilidad a través de políticas sociales radicales (colectivizaciones, expropiaciones masivas) y un nivel de violencia política y criminal (asesinatos selectivos, represión anticlerical y polarización extrema) e impunidad extrema y rampante que desembocó en un colapso institucional y en la guerra civil. La Transición de 1975-1978 consagró la Corona no como expresión positiva de soberanía nacional, sino como institución “por defecto”: un instrumento de contención pragmático sostenido fundamentalmente en el temor ciudadano a la incertidumbre y al posible retorno de modelos republicanos fracasados.

Esta legitimidad defensiva, basada en el miedo al futuro más que en un consenso activo resultado de una convicción, es por su propia naturaleza precaria y no genera adhesión duradera. El paralelismo de la segunda república con la etapa actual es directo: bajo el Gobierno de Pedro Sánchez se reproducen dinámicas similares de polarización, amnistías a actores golpistas, indultos a criminales políticos, asalto del poder judicial, alianzas con fuerzas separatistas y dependencia de apoyos extraconstitucionales, con una impotencia creciente de la ciudadanía ante una injusticia y un caos desbocado que se acerca a la de un estado fallido configurando nuevamente la monarquía como mal menor frente a la inestabilidad. Pero la sociedad española viene perdiendo el miedo, en tanto percibe que la institución de la monarquía es  inútil y en muchas ocasiones cómplice de este escenario letal, al tiempo que Felipe VI viene a las mientes bajo el sobrenombre de Felpudo VI. 

Nos enfrentamos, pues, a una institución hueca en el presente, históricamente corrupta y violenta. Felipe VI ha traicionado la entrega de quienes lo apoyarían por convicción, avalando la destrucción de la nación firmando la amnistía, plegándose al consenso político que nos lleva al abismo, concediendo la descomposición del Estado en taifas territoriales, y blanqueando la leyenda negra, en beneficio exclusivo de su familia. El mismo Rey, que no felicitó a María Corina Machado ni denunció con claridad la corrupción del Gobierno, se ha convertido en una sucursal del gobierno filo-islamista de Sánchez. Nos enfrentamos a una Corona que traiciona su legitimidad tradicional, socava la legitimidad por la vía de los hechos, ignorando su ascendiente y entregándose al “insomnio woke” para cosechar aplausos entre sus enemigos a los que irónicamente nunca podrá satisfacer, mientras su historia familiar está trufada de corrupción, excesos y violencia doméstica. La dignidad monárquica no se defiende en la iniquidad. Como demuestran el caso del príncipe Andrés o el hijo de Mette-Marit, el trono como modelo moral queda barrido por la ignominia.

La historia oculta de la familia Borbón no es la historia edulcorada de una prensa balbuceante y lasciva, sino la historia de una dinastía que prioriza la preservación de la propia imagen sobre la transparencia, incluso cuando los hechos afectan directamente a la percepción pública de la Corona. Este mecanismo de reescritura selectiva del pasado familiar, las renuncias forzadas a la corona en Fontainebleau, el encubrimiento de la sordidez familiar y los excesos de los vástagos de Alfonso XIII y propios del monarca, encuentran su continuidad en la conducta actual de Felipe VI: la eliminación de la cruz de Borgoña del escudo real anteponiendo su representación personal a la de la nación a la que debiera encarnar y la continuación del autoexilio de su propio padre., imponiéndole condiciones inasumibles. Si no es responsable de la conducta de la pertinaz disposición de Alfonso XIII a borbonear, si parece que esté en su propia genética ser impermeable a la evidencia histórica sumergiéndose en la noche de los tiempos.

La institución monárquica española enfrenta una crisis de legitimidad que no deriva primordialmente de ataques externos, sino de decisiones y declaraciones del propio titular de la Corona que contravienen su papel constitucional y representación unitaria del Estado (art. 56 CE). Intentando danzar al son de la neutralidad, se ha convertido en un pelele, cómplice de la acrimonia sanchista, expresión del resentimiento del partido socialista bajo la bandera del bulo, la mentira, la inquina, la aversión, el odio y la hostilidad, el propio monarca se prodiga premiando la mendacidad sanchista que recompensa a los verdugos, con un toque de rito blanqueador, origen de nuestra desgracia. Socava las razones y el apoyo social para su función para aparentar por encima de la esencia, teniendo incluso menos poder que cualquier jefe de estado republicano. Felipe trabaja por su familia con el mismo ahínco que trabaja por la destrucción de la institución que representa. Un filocomunista islamista siembra las mismas semillas que dieron origen a la guerra civil, aplicando una política autoritaria que contingenta y expropia la propiedad privada, esquilma a sus ciudadanos con impuestos abusivos, al tiempo que aplica una política perversa para enriquecer a su entorno. El Rey queda en silencio abdicando de su responsabilidad. Quien siembra vientos recoge tempestades.

Un Rey no debería ser un analfabeto, más sobretodo tratándose de falta de conocimiento sobre la nación a la que representa, siendo incapaz de juzgar el papel que cumple la ideología  que nos oprime en el presente y dando pábulo a una narrativa del Gobierno mexicano que contraviene la historia. Nunca en la historia un poder colonial fundó y construyó las universidades que fundó y construyó España, sencillamente porque el imperio Español no fue propiamente colonialista: la primera universidad de América, la Real y Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo (1538), la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima y la Real y Pontificia Universidad de México, en 1551, un siglo antes que Harvard (1636). Ningún poder se constituyó como en el continente americano en el mestizaje de los pueblos como hicieron los españoles enseñando a leer y a escribir a las poblaciones indígenas, ¡en su propia lengua! Solo nuestros antepasados abolieron y persiguieron la esclavitud en una nación hispánica de españoles de ambos continentes, en una actitud radicalmente opuesta a potencias coloniales posteriores como la francesa o la inglesa, e incluso contemporáneas como la portuguesa. España llevó a cabo una política de Estado desarrollando una red impresionante de obras públicas: ciudades trazadas a cordel con plazas centrales, catedrales monumentales (la primera de América en Santo Domingo), acueductos (como el de Querétaro), el Camino Real que unía vastos territorios, hospitales (como el de Jesús, fundado por Cortés), sistemas de irrigación con acequias, presas, puentes y fortificaciones que transformaron el continente, introduciendo el arado y la ganadería y el caballo. Un mestizo asesino como Simón Bolivar no puede ocultar estas contribuciones a la historia de la humanidad. En América se impuso el español como un vehículo de comunicación universal que atravesó fronteras mas allá de su control político.

Las frases del Rey, peor en su apariencia de espontaneidad, son idénticas a las de José Manuel Albares que hace flaca su responsabilidad como representante de la acción exterior de España. Se visten de análisis y de humildad, cuando no hacen más que ahondar en una caricatura mentirosa que sirve a enemigos externos e internos negando la realidad, tergiversando el pasado para controlar el presente. En este marco de legitimidad originariamente deficitaria, las decisiones personales de Felipe VI aceleran la erosión institucional de la monarquía, deprivándola de su verdadera oportunidad de legitimidad. El Rey, en su visita a la exposición “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena”, reconoció “abuso” durante la conquista ante el embajador mexicano, haciendo verdad el discurso de López Obrador en una muestra deliberada de humillación que supo aprovechar la presidenta narcocomunista Claudia Sheinbaum, burlándose de un reconocimiento que oculta su contribución a un Estado fracasado que no controla y en el que mueren más de 35000 mexicanos al año por homicidios, con una tasa de esclarecimiento judicial de asesinatos de menos del 10%. La ideología de la narcopresidencia mexicana es instrumental, para controlar a una sociedad en su miseria, bajo el caos, el asesinato y la incompetencia. No pueden dejar de transigir con la potencia enemiga que verdaderamente les esquilmó en el acuerdo de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 entre México y Estados Unidos, donde México cedió el 55% de su territorio, que de otra manera le habría permitido ser una potencia hegemónica de haber reconocido el legado español. No honran a sus héroes, porque los han traicionado. El principal monumento que conmemora a los soldados y cadetes mexicanos que lucharon e incluso se inmolaron tras la derrota de México ante Estados Unidos en 1847 es el Altar a la Patria, conocido como el Monumento a los Niños Héroes, mientras trataban de defender el Castillo de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847. Sin embargo, el gobierno mexicano dirige su resentimiento a los que hicieron posible la grandeza de México por las que esos niños murieron luchando. Se revuelven contra sí mismos para estar orgullosos de su esclavitud al nuevo imperio que les arrebató su destino, al que admiran en su condición de esclavos. Reniegan de sus héroes, de su historia mestiza, española e indígena, y se enorgullecen de ser víctimas de los verdugos que les devoran, ahora en el presente como antaño, adhiriéndose a la versión anglosajona de la historia.

Es una tragicómica burla de la mayor obra civilizadora de toda la historia humana bajo la ignominia de llamarla conquista, al servicio de los mediocres, cómplices e incluso opresores del presente que malgobiernan sus propios pueblos. A no ser que queden enaltecidos como próceres indígenas de la patria mexicana quienes ejercían como caníbales en el sacrificio y exterminio de sus propios pueblos. La conquista de México nunca podría haber sido sin la alianza de los pueblos indígenas que detestaban esas prácticas criminales de las que eran víctimas. Y así fueron también testigos para la historia de su unión con la corona Española, como indica la evidencia histórica para cualquiera que se acerque a ella sin prejuicios, bellamente plasmada en el lienzo de Tlaxcala que ilustraron los propios indígenas como homenaje. Por contra, este posicionamiento del Rey de España no es neutral, ni académico, sino que sigue la estela globalista del sanchismo y reviste un vacío ideológico, una vulgar y tenaz ignorancia, una muestra de incomprensión histórica que revela una incompetencia grave cuando no desidia e irresponsabilidad culpable. Felipe VI es incapaz de percibir el uso instrumental de la ideología a la que con tanta facilidad se pliega en detrimento de la nación que estaría llamado a representar.

La sociedad le está dando la espalda. La conducta de Felipe VI socava la vigencia de la monarquía, ante una gestión actual que sacrifica autoridad simbólica por aplausos coyunturales y que ha dejado de cumplir la función que justificaría su existencia en un Estado democrático, primando la supervivencia coyuntural de la institución sobre su papel constitucional de neutralidad y defensa de una historia compartida. Es difícil tragar con una reserva de posición en razón de nacimiento, si quien ostenta la condición no satisface siquiera las condiciones mínimas que se esperarían de su posición. Si quiere ser un ciudadano libre no sometido a las responsabilidades del cargo debe abdicar de la corona para ejercer a gusto una vida vulgar y de activista, tanta como convenga al más despreciado y vulgar de los ciudadanos. Monarchia delenda est.

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