Juan Pérez de Mungía: «La dinastía y la legitimidad constitucional en su ocaso»
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Juan Pérez de Mungía: "El harem de Sánchez en su cortijo familiar"
La monarquía española que representa Felipe VI adolece de un vicio estructural de origen que condiciona su sostenibilidad. Su restauración en 1975 no fue el resultado de un plebiscito popular ni de una sucesión dinástica orgánica tras la abdicación de Alfonso XIII. Franco la configuró expresamente, mediante la Ley de Sucesión de 1947 y la designación de Juan Carlos “a título de Rey” en 1969, como mecanismo de estabilización para impedir el retorno de la Segunda República. La II República había demostrado su inviabilidad a través de políticas sociales radicales (colectivizaciones, expropiaciones masivas) y un nivel de violencia política y criminal (asesinatos selectivos, represión anticlerical y polarización extrema) e impunidad extrema y rampante que desembocó en un colapso institucional y en la guerra civil. La Transición de 1975-1978 consagró la Corona no como expresión positiva de soberanía nacional, sino como institución “por defecto”: un instrumento de contención pragmático sostenido fundamentalmente en el temor ciudadano a la incertidumbre y al posible retorno de modelos republicanos fracasados.
Esta legitimidad defensiva, basada en el miedo al futuro más que en un consenso activo resultado de una convicción, es por su propia naturaleza precaria y no genera adhesión duradera. El paralelismo de la segunda república con la etapa actual es directo: bajo el Gobierno de Pedro Sánchez se reproducen dinámicas similares de polarización, amnistías a actores golpistas, indultos a criminales políticos, asalto del poder judicial, alianzas con fuerzas separatistas y dependencia de apoyos extraconstitucionales, con una impotencia creciente de la ciudadanía ante una injusticia y un caos desbocado que se acerca a la de un estado fallido configurando nuevamente la monarquía como mal menor frente a la inestabilidad. Pero la sociedad española viene perdiendo el miedo, en tanto percibe que la institución de la monarquía es inútil y en muchas ocasiones cómplice de este escenario letal, al tiempo que Felipe VI viene a las mientes bajo el sobrenombre de Felpudo VI.
Nos enfrentamos, pues, a una institución hueca en el presente, históricamente corrupta y violenta. Felipe VI ha traicionado la entrega de quienes lo apoyarían por convicción, avalando la destrucción de la nación firmando la amnistía, plegándose al consenso político que nos lleva al abismo, concediendo la descomposición del Estado en taifas territoriales, y blanqueando la leyenda negra, en beneficio exclusivo de su familia. El mismo Rey, que no felicitó a María Corina Machado ni denunció con claridad la corrupción del Gobierno, se ha convertido en una sucursal del gobierno filo-islamista de Sánchez. Nos enfrentamos a una Corona que traiciona su legitimidad tradicional, socava la legitimidad por la vía de los hechos, ignorando su ascendiente y entregándose al “insomnio woke” para cosechar aplausos entre sus enemigos a los que irónicamente nunca podrá satisfacer, mientras su historia familiar está trufada de corrupción, excesos y violencia doméstica. La dignidad monárquica no se defiende en la iniquidad. Como demuestran el caso del príncipe Andrés o el hijo de Mette-Marit, el trono como modelo moral queda barrido por la ignominia.
La historia oculta de la familia Borbón no es la historia edulcorada de una prensa balbuceante y lasciva, sino la historia de una dinastía que prioriza la preservación de la propia imagen sobre la transparencia, incluso cuando los hechos afectan directamente a la percepción pública de la Corona. Este mecanismo de reescritura selectiva del pasado familiar, las renuncias forzadas a la corona en Fontainebleau, el encubrimiento de la sordidez familiar y los excesos de los vástagos de Alfonso XIII y propios del monarca, encuentran su continuidad en la conducta actual de Felipe VI: la eliminación de la cruz de Borgoña del escudo real anteponiendo su representación personal a la de la nación a la que debiera encarnar y la continuación del autoexilio de su propio padre.,........
