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Juan Pérez de Mungía: «Bienaventuranza de la Sumisión»

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Los efectos de los errores tardan en aparecer. A veces, incluso milenios, y se sustraen al juicio humano hasta el punto de resultar desconocidos para quienes padecen sus consecuencias. Basta con prestar atención a la política sanchista, que se oculta tras cualquier fuego de artificio.

Sánchez, habiéndose apoderado del Estado, aprovecha cualquier resorte para invertir la carga de la prueba. En ese fuego de artificio abona el viaje de toda clase de aprendices totalitarios que tratan de silenciar, cuando no extinguir, la disidencia de propios y extraños.

Resulta tan costoso descubrir a toda esta suerte de criminales que, a la hora de atribuir responsabilidad causal a quienes están en el origen del mal, muchos ciudadanos se niegan a reconocer al culpable que realmente hace todo lo posible por empobrecerles y someterles. Sánchez, ocultándose tras las etiquetas que, a modo de mantras, arroja a otros para hacerles responsables de lo que él mismo ha provocado por acción u omisión.

Los actos criminales de Sánchez están ahí: servirse de la economía del delito, con puteros, chaperos y prostitutas como instrumento para sus fines —¿cuántos secretos de sí mismo y de otros conoce, y qué conoce Marruecos?—, el tráfico de influencias de su inefable esposa, de su hermano y de sí mismo, la delincuencia organizada que le mancha y mancha a cualquiera de sus esbirros turiferarios, encabezados por el verborreico Bolaños, la burla de la justicia, la gestión del covid, el cierre del Congreso, la tragedia “accidental” de Adamuz, el apagón eléctrico, acompañadas de esas manifestaciones que magnifican las faltas ajenas —veraces o falaces, sin pararse ni en Julio Iglesias— para ocultar sus graves delitos. ¡Cuánto echo de menos tus consejos políticos, querido Ábalos! Sanchez dixit. Se burlan de las víctimas e incluso les atribuyen responsabilidad. Somos sus víctimas y todavía no nos hemos cobrado las deudas. No paran en nada.

Se dice de la justicia que camina lenta, paso a paso, segura, pero sus actores actúan dividiendo las causas, ateniéndose a la letra de la ley con tecnicismos incomprensibles que tienen como efecto la impunidad de quienes han venido a recompensarles y protegerles, los jefes del ejecutivo. Y entretanto queda atada por funcionarios corruptos de la fiscalía. A los honestos se les posterga; a los deshonestos se les premia y promociona. La misma regla vigente para el generalato. El mismo sistema de orden de picoteo que rige la jerarquía de las dictaduras comunistas, como fuera acuñada por Alfonso Guerra, cuyo único heredero, Tezanos, disfruta de la manipulación sistemática de la verdad. El oráculo guerrista, como lo fue Emilio Romero de Girón y Solís.

Solo cuando los errores son demasiado grandes aparece en el horizonte la amenaza que mueve la tierra bajo los pies. Los terremotos —o los sismos, como les gusta decir a cursis y cínicos presuntuosos que simulan conocimiento— se producen por esa acumulación de fuerzas que de pronto convierten un sistema en apariencia estable en inestable. Los sistemas complejos se comportan como sistemas caóticos. Pero los sistemas caóticos no son aleatorios: obedecen a las mismas leyes físicas, solo que, por su complejidad, su curso, los hace impredecibles en el medio y largo plazo. Pequeñas variaciones se acumulan hasta que las tensiones suscitadas entre las fuerzas producen resultados dramáticos y drásticos que reorganizan su equilibrio interno, produciendo la ruptura que amenaza a los ignorantes humanos. Como los rayos, atributo de Zeus —la palabra de donde viene la de Dios, cuando no se conocía la electricidad—. La física social también existe.

¿Cuánto puede resistir un ser humano antes de morir ahogado? ¿Cuánto puede resistir un pueblo antes de expulsar con violencia al sátrapa? ¿Cuánto puede aguantar un pueblo al invitado que ocupa su casa y come el pan de sus hijos, como cucos invasores que amenazan su nido? Hoy las hienas tratan de devorarnos. Y vienen más, mas de las mismas hienas.

Sin salida, ante la amenaza, la tensión se disuelve con el asesinato masivo, impulsivo y temerario, de quien, carente de juicio, dirige su fuerza destructiva sobre inocentes o sobre sí mismo. O se aplica la eutanasia temprana de la muerte en directo, o la eutanasia tardía de la drogadicción, con el estímulo de un Estado ocupado. Eso ocurre con los expertos americanos que, analfabetos en todo aquello diferente de aquello por los que les pagan, se vuelven inútiles y se abocan a su propia destrucción o a la dependencia. Criaturas vulnerables de Dios, carne de secta. ¿Cuánto tiempo tarda un ciudadano en encontrar al responsable sobre el que ha de ejercer una venganza justa? Es más fácil atribuir a una causa próxima lo que puede afectarnos, pero cuando eso no es posible, al final de esa cadena causal encuentra, como no podía ser de otro modo, a Dios. Dios tapona todos los interrogantes para la conducta supersticiosa. Dios siempre hace el juego a los poderosos.

Esa representación abstracta de una causa innominada e incontrolable adquiere la forma de dios, la forma de un monarca piadoso, un sátrapa, un autócrata distante investido de un poder divino, en sí mismo incuestionable, fruto de esa pasión humana por encontrar una explicación causal a lo que no entiende, para obturarla y abdicar de pensar por sí mismo. Poco a poco se desteje la madeja de la farsa, la diferencia crítica entre la superstición y la tenaz indagación analítica de la ciencia. Y entretanto caen los testigos como Vahid Baniamerian, como mártires inmolados en aras de la verdad, profetas castigados por decir la verdad. Quienes dominan son canallas, producto de un sistema putrefacto vestido de turbantes, coronas, oropeles, y birretas llamadas a caer tras un reguero de cadáveres.

El Papa encarna la superstición. De pronto se apercibe de la pérdida de la fe que siega la hierba bajo sus pies. Ha desaparecido la farsa cristológica que llevó a proclamar “Dios es Cristo”. Y se armó la de “Dios es Cristo». Ese error perdurable que revela la profunda verdad del arrianismo. Ningún hombre es Dios, padre e hijo de sí mismo. Pero con esa versatilidad propia de quien a lo largo de los siglos ha manipulado la verdad para sustituirla por un dogma arbitrario, se enfrenta hoy a la vida ordinaria. El Papa se ha hecho musulmán. El abandono del islam equivale a apostasía (ridda) (Sahih al-Bujari 1358; Sahih Muslim 2658). De ahí la lógica interna que lleva a la destrucción sistemática de todo lo anterior: no se trata de odio gratuito, sino de una teología coherente que ve la historia preislámica como error que debe ser corregido radicalmente.

Y el Papa se autoinmola, porque ya no puede ser por sí mismo, so pena de ser tratado como el anticristo. Carlos III celebra el Ramadán, y a los musulmanes pederastas. Y León XIV retorna a esa resistencia al conocimiento histórico y científico. Nadie cree en la Inmaculada, nadie cree en Cristo. León XIV ignora y pretende ignorar la doctrina de la guerra justa del Padre Vitoria, y vuelve a vender la sumisión retórica a la paz que lleva al líder y a su pueblo a perder su libertad. Esa equidistancia imposible de practicar le convierte en cómplice del poder constituido. Ni habla de los vivos, ni habla de los muertos, caídos, por su inconsistencia. Ayer a los judíos, hoy a los cristianos. Mañana a te tocará a tí.

Caído el Dios de nuestros padres, el Santo Padre que nunca fue, se entrega a la doctrina coránica, ese sentimiento que hace del islam la sumisión franciscana, el ebionismo político, de la inexistente conciencia individual, la sumisión de la voluntad subjetiva a la tribu, para hacerse sumisión a la voluntad de una representación delirante y abstracta, a la ley de Dios, la ley del poder, porque “muslim” significa precisamente “el que se somete a Dios”, con la conveniente manifestación de que Dios mismo es inefable y solo puede coincidir con la representación de la tribu. Pero el denominado pueblo cristiano ha dejado atrás a la tribu al declarar que todos los hombres nacen iguales. ¿A qué la sumisión? Dios es el consuelo de los idiotas. León XIV ha sufrido la conversión ante el abismo de la incertidumbre humana, víctima propiciatoria de su previa formación, es un converso a la redención del predicador mendicante que se acerca a los indios desposeídos. Y por eso predica la cultura de la sumisión. Todo lo demás es soberbia. Resulta patético que hable de soberbia, el pontífice máximo que se dice vicario de Cristo.

La izquierda ha inventado el islamocomunismo. El Islam como religión primigenia es la afirmación de que todos los seres humanos nacen musulmanes, y cualquier no musulman es en realidad un apóstata. De ahí su pasión por extinguir cualquier cultura anterior que lleva a la destrucción sistemática iconoclasta de destruir todo vestigio anterior al profeta. Es el hombre nuevo del comunismo. El Papa es este tipo de ignorante cautivo que se sostiene en la indefensión aprendida del ignorante que desconoce la naturaleza histórica de una farsa que se sostiene en el tiempo adaptándose a sí misma a lo que conviene. ¿Podemos desarmarnos frente a quien amenaza nuestra vida? Kim Jong-un, el ayatollah coreano, o Jamenei ¿merecen que le pongamos nuestra otra mejilla?. ¿Dejaremos en manos ajenas nuestra propia defensa? Solo quien practica el poder desde el poder se protege del poder que le amenaza, sometiéndose a sí mismo. No es patrimonio de los pueblos someterse de buen grado. Como si el pacto pudiera nacer de confundir pacifismo e indefensión. Ese es el tipo de discurso que halaga la izquierda política. No se detienen ante nada. Y este León XIV es quien les sirve en su ignominia. La cultura de la sumisión: bienaventurados los pobres de espíritu porque tendrán nada y serán felices.

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