'El castillo': proxenetas y puteros de toda la vida
No recuerdo exactamente cuándo y dónde conocí a Mabel Lozano. No sé si coincidimos en uno de esos imprescindibles cursos que hace décadas mis queridos y admirados Mª Jesús Payo y Celso Taboada organizan, contra viento y marea, en Lalín cada mes de julio, o si alguna amiga en común nos puso en contacto. El caso es que en esta última década no hemos dejado de coincidir y ella, con ese poderío que va más allá de su esqueleto de mujer grande, se ha convertido para mí en un referente de compromiso transformador y de potencia que busca hacer visible lo invisible. Pocas como ella han conseguido trasladar a unas narrativas asequibles y a un lenguaje divulgativo, sin perder ni rigor ni militancia, una realidad tan turbia y compleja como la explotación sexual de las mujeres. Sus libros y sus documentales me han acompañado en estos años en los que no he dejado de cuestionar críticamente la masculinidad, y en los que en consecuencia no he dejado de cuestionarme a mí mismo, y me han hecho ver, de la misma manera que por ejemplo testimonios como los de Amelia Tiganus, hasta qué punto la lógica del dominio en la que somos socializados los hombres ha generado, y sigue generando, tantas violencias e injusticias que atraviesan los cuerpos y las vidas de las mujeres. De esta manera, y ante un debate jurídicamente tan puñetero cómo el relativo a cómo abordar la prostitución, siempre he tenido claro que es insostenible darle reconocimiento legal a una institución que ampara privilegios masculinos como si fueran derechos. Cuestión distinta sería cómo abordar en el plano estrictamente legislativo, y sobre todo en el de las políticas públicas, un horizonte abolicionista que se me antoja imposible, de hecho, en este mundo globalizado y tan........
