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La automatización de la violencia: Inteligencia artificial y control humano en la guerra

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19.03.2026

“Podemos fabricar la bomba de hidrógeno; pero para imaginarnos las consecuencias de lo que hemos fabricado, no alcanzamos.”

Günther Anders, Die Antiquiertheit des Menschen, vol. I, p. 17 (C.H. Beck, Múnich, 1956)

En 48 segundos, el ejército chino generó diez mil escenarios de combate usando el modelo de IA DeepSeek; la misma tarea habría tomado 48 horas a los planificadores humanos. No hubo una sola baja en ese ejercicio, tampoco un solo escrúpulo. Esa asimetría, entre la velocidad de la máquina y la lentitud de la conciencia, es la cifra exacta del problema.

Es el ser humano quien rompe las leyes de la robótica, no la inteligencia artificial que se rebela contra sus creadores. Eso era ciencia ficción. Lo real, hasta hoy, es la ambición humana que convierte deliberadamente la tecnología en instrumento de destrucción masiva. Asimov imaginó máquinas que protegen la vida porque los humanos así se lo ordenan; pero nosotros, los humanos de esta era, construimos máquinas que matan con mayor precisión, menor costo y sin responsabilidad moral, jurídica o política.

I. La máquina que decide matar

La automatización de la violencia es una realidad operativa, gestionada por una industria militar tecnológica privada que encontró en la guerra su modelo de negocio más rentable y su catalizador más efectivo.

Palantir Technologies entregó en marzo de 2025 al Ejército estadounidense los primeros sistemas TITAN —Tactical Intelligence Targeting Access Node—, plataformas móviles que integran datos de sensores espaciales para asistir el ciclo de targeting en combate. Meses después, un contrato marco por hasta diez mil millones de dólares consolidó su posición como sistema nervioso digital de las fuerzas terrestres norteamericanas. El proyecto Maven usa aprendizaje automático para reducir en tiempo real el intervalo entre la detección de un objetivo y su eliminación. Anduril, Scale AI y los grandes proveedores de cómputo en la nube compiten por el mismo mercado.

Lo que esos sistemas producen en el campo de batalla ya tiene nombre y tiene víctimas documentadas. El sistema Lavender, desplegado por Israel en Gaza, marcó a 37.000 personas como objetivos militares y aprobaba blancos en apenas 20 segundos, frecuentemente sin revisión humana significativa. Se equivocaba en al menos el 10% de los casos. Los individuos eran atacados de noche, en sus casas, con sus familias presentes. Un ataque sobre una escuela de la ONU en Nuseirat el 7 de julio de 2024 mató a 23 personas e hirió a más de 80; el ejército israelí reconoció después que solo ocho de los muertos eran combatientes. El 1 de abril de 2024, drones israelíes atacaron tres veces en cinco minutos un convoy de World Central Kitchen que viajaba por una ruta preaprobada y coordinada con el propio ejército, matando a siete trabajadores humanitarios. La sospecha que motivó el ataque era falsa. Nadie fue condenado.

En Ucrania, empresas locales desarrollaron módulos de targeting con IA que cuestan 70 dólares y elevan la tasa de éxito de un dron de ataque del 20% al 80%. El sistema gestiona la fase final del ataque de forma autónoma, sin operador humano, porque el jamming electrónico ruso hace imposible el control remoto en ese intervalo. En la práctica, miles de impactos diarios ocurren sin supervisión humana en el momento del disparo. En mayo de 2025, autoridades ucranianas capturaron los restos de un dron iraní completamente autónomo, equipado con algoritmos de identificación de........

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