El conejo malo y el buen salvaje
El pasado 8 de febrero, más de 120 millones de personas en Estados Unidos —y decenas de millones más en el mundo— presenciaron lo que parecía ser un acto de resistencia simbólica. Bad Bunny se alzaba como el primer artista latino en cantar casi completamente en español en el show de medio tiempo del Super Bowl LX. Ocupó el escenario más estadounidense de todos con un despliegue de símbolos que desafiaban abiertamente la política migratoria de Donald Trump. El show alcanzó 128 millones de espectadores en su punto máximo, convirtiéndose en el cuarto más visto en la historia del evento. Las redes sociales estallaron. El presidente Trump lo calificó como el espectáculo de medio tiempo más terrible de todos los tiempos. La indignación fue inmediata. La celebración, también. Y, sin embargo, en medio del ruido, una pregunta quedó sin responder: ¿qué acabábamos de presenciar realmente? El filósofo Rafael Gutiérrez Girardot advirtió que la identidad latinoamericana suele venderse como naturaleza, origen, pureza. El resultado de este discurso no libera a nadie; por el contrario, repite el viejo retrato colonial donde nos veían como el continente pintoresco, sentimental, primitivo. Este mismo mecanismo de infantilización cultural estaba operando el 8 de febrero en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California. Bad Bunny nos presentó una América Latina folclórica: los niños dormidos en sillas, los cultivos de caña, el dominó en las esquinas del barrio, las barberías, la casita rosada; todo hermoso, todo auténtico, todo conmovedoramente decorativo. Pero si le echamos un vistazo a los números, ellos revelan la verdadera naturaleza del evento. Apple Music, patrocinador oficial del show, paga aproximadamente 50 millones de dólares anuales a la NFL por el........
