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Ricardo Gil Otaiza: De lo conspiranoico

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31.08.2026

Opinión.- Emma deseaba que su realidad se pareciera a lo que leía en las novelas de amor —a las que era adicta desde niña—, mientras que su familia y sus amigos la miraban con ojos perplejos, desencajados, porque notaban que un extraño suceso se daba en su cabeza, ya que mientras ellos trabajan la huerta con enorme esfuerzo para poner comida sobre la mesa y así mantener con cierto decoro a los suyos, ella se perdía en las páginas de los libros —que sacaba con rigurosa solemnidad de la biblioteca del pueblo dos o tres veces por semana—, y leía con arrobo, como perdida en el ensueño: hundida quizás en la fantasía de mundos idílicos y perfectos, que cada autor describía con prolija y dulzona prosa.


(El mundo real de Emma era bastante tosco, urgido por los rigores de un siglo oscuro, plagado de atavismos y lugares comunes, ya lo que más podía aspirar una mujer como ella, con su vivacidad y talento lector, era a soñar, porque la verdad sea dicha: las mujeres de su clase no tenían más opción que buscar un hombre que las mantuviera a cambio de convertirse en sus propias sombras: ser madres de muchos hijos, cuidar de la casa, limpiar, lavar y cocinar; amén de fingir una felicidad que estaba muy lejos de su sentir).


Bueno…, tampoco era que a Emma le fuera mal en la vida —como a tantas otras de su generación—: se había casado con un médico que decía amarla (o la amaba con sinceridad, nunca se sabrá con certeza) y eso le daba cierto estatus entre la gente, pero su esposo no........

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