John Cleese, el bufón bocazas
John Cleese, el bufón bocazas
Cuando los inquisidores del presente hayan terminado de censurar a los clásicos y amordazar a los disidentes, descubrirán con pavor que el terreno que cedieron no lo ocupará su utopía multicultural, sino la barbarie ante la que decidieron callar.
La maquinaria del linchamiento moral no descansa. Ayer, Woody Allen; hoy, John Cleese; mañana, quizás usted, estimado lector, que no traga con las piedras de molino de los dogmas culturales y políticos, se convierta en el objetivo según la conveniencia de la ideología espuria. Durante décadas, la izquierda cultural presumió de monopolizar la transgresión, el librepensamiento y la defensa cerrada de los creadores frente a cualquier atisbo de censura. Era mentira, como sabe cualquiera que se haya topado con los nombres de Shostakovich, al que Pravda fulminó en 1936 con la crítica estalinista "Caos en lugar de música", y de John Ford, tachado de "fascista" en los sesenta y setenta antes de que esos mismos críticos lo canonizaran como clásico indiscutible.
El caso más reciente lo ha protagonizado Woody Allen. Es la trayectoria inversa a la de Ford, que pasó de fascista a clásico, mientras que Allen lo ha hecho de clásico a apestado. Y es que el canon políticamente correcto no lo dicta la estética ni el arte, sino el calendario y la ideología, cuando no el oportunismo mediático. La táctica es idéntica a la ejecutada en Estados Unidos, tierra de cazas de brujas desde Salem, esto es, reactivar el descrédito civil sin que importe para nada la verdad jurídica o la presunción de inocencia, dado que el objetivo es el castigo ejemplarizante.
Sin embargo, el delirio inquisitorial no termina en Allen. La nueva víctima propiciatoria es una auténtica leyenda viva de la comedia universal, John Cleese. Uno de los pilares fundamentales de los Monty Python, cerebro tras hitos que desafiaron el conformismo cultural como La vida de Brian, ha sido denunciado ante Prevent, el programa antiterrorista y de desradicalización del Gobierno británico, por haber osado señalar abiertamente el auge del islamismo radical y su penetración en las instituciones occidentales. Los denunciantes dicen haber evaluado el "riesgo" del cómico entre "moderado y alto", como si sus chistes fuesen el equivalente de las metralletas de Hamás o de las bombas de Irán. Mientras, un grupo de activistas musulmanes exigía cancelar su función en Birmingham. Vivimos tiempos en que Orwell y Kafka van del brazo, con el autor del Ministerio de Andares Tontos, a sus 86 años, fichado como posible terrorista, entre 1984 y El proceso. El humorista inglés no se ha dejado amedrentar y su respuesta estuvo a la altura del personaje irreverente y cáustico que encarnó en Fawlty Towers. "¡Qué emocionante!", dijo, y añadió que todo aquello era "buen material cómico", esto es, respondió con lo que más detesta un inquisidor........
