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La Cigarra y las hormigas

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04.10.2026

La Cigarra y las hormigas

España está reescribiendo la fábula.

La cigarra se ha convertido en la heroína, la hormiga en la sospechosa y el invierno en una excusa para exigir que quienes trabajaron entreguen lo que consiguieron. A la primera se la comprende, se la aplaude y se le busca una justificación. A las segundas se nos señala por ahorrar, por invertir, por comprar una vivienda y por pretender que nuestro esfuerzo siga siendo nuestro.

Ese es el vuelco moral que expresa una parte del activismo juvenil que estos días ocupa las calles, donde la responsabilidad personal pierde prestigio mientras la reclamación de derechos sobre el patrimonio ajeno se presenta como una causa admirable. La ignorancia supina en economía básica encuentra refugio en la superioridad moral. Se sabe perfectamente a quién culpar, pero apenas se entiende cómo se produce aquello que se reclama.

La comparación con los jóvenes de los albores de la democracia resulta incómoda porque obliga a recordar qué significaba entonces comprometerse. Hubo jóvenes preparados, con conciencia de sus obligaciones, que arriesgaron la libertad y la vida para poder hablar sin miedo, asociarse, organizarse y votar. Querían cambiar un país que necesitaba abrir sus instituciones y dejar atrás la dictadura. Su compromiso tenía consecuencias que iban mucho más allá de una fotografía. Muchos, con 23 años, ya eran padres, madres, maridos, esposas y sostenían una casa. Sabían cuánto costaba la comida, qué día vencían las facturas y lo que suponía ahorrar para una entrada. Después llegaba la hipoteca, que se pagaba mes a mes a costa de renunciar a muchas otras cosas. El sueldo tenía destinos obligatorios antes de tener destinos apetecibles. Primero se cumplía con las obligaciones y después se miraba si quedaba algo.

Por eso el eslogan de que nuestros padres y abuelos vivían mejor es, tantas veces, una falsificación de su biografía. Se contempla el resultado de cuarenta años de trabajo y se oculta el precio que pagaron para alcanzarlo. El piso se ve, mientras que las horas extraordinarias, las vacaciones que no hicieron, los muebles que esperaron y los pequeños gustos a los que renunciaron han desaparecido del relato. Y así se les atribuye una vida fácil a quienes tuvieron que esforzarse durante años para conseguir lo que hoy tienen.

Frente a esa experiencia aparece el joven que considera imprescindible llevar la última tecnología en el bolsillo, comer sushi en el sitio de moda, ir al cine el domingo, salir de tardeo el fin de semana y renovar el armario con frecuencia. Todo eso puede pagarse y disfrutarse, pero cuesta dinero. Pretender conservar cada hábito de consumo mientras se desprecia la cultura del ahorro de la generación anterior revela una escala de prioridades que convendría revisar antes de levantar una........

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