Del corolario Roosevelt al corolario Trump
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El 5 de marzo de 1898 el general Máximo Gómez, el veterano guerrero dominicano convertido en líder de la lucha independentista cubana, escribió una carta a Ramón Blanco, el último capitán general español en la isla. En respuesta a una propuesta de paz que le hizo Blanco para combatir juntos a Estados Unidos, Gómez fue contundente: “Usted dice que pertenecemos a la misma raza y me invita a luchar contra un extranjero; pero usted se equivocó otra vez, porque no hay diferencias de sangre y raza. Yo solo creo en una raza, la Humanidad, y para mí no hay sino naciones buenas o malas. España ha sido, hasta aquí, mala, cumpliendo en estos momentos los Estados Unidos hacia Cuba un deber de humanidad y civilización […] He escrito al presidente McKinley y al general Miles. No veo el peligro de exterminio por los Estados Unidos a que usted se refiere en su carta.”
Dos meses después, el Congreso de Estados Unidos declaró la guerra contra España (en el Washington de aquella época se hicieron las cosas según las reglas constitucionales). Las fuerzas españolas sufrieron una rápida derrota por parte de una potencia tecnológicamente más avanzada, sobre todo en lo naval. Los insurgentes cubanos ayudaron a los invasores. Pero después de la rendición española, recibieron un trato desdeñoso y fueron marginados de la gobernanza de la isla. “Con esta carta, Máximo Gómez sellaba la suerte de España en el Nuevo Mundo, y también la de Cuba. Fue el decisivo acto de bienvenida a Estados Unidos que condicionó la historia cubana en los sesenta años siguientes”, señala Hugh Thomas, en su monumental historia de Cuba.
Lo que vino después fue primero la ocupación directa de Cuba hasta 1902, con el nombramiento de gobernadores militares norteamericanos. Más tarde, con la enmienda Platt, Estados Unidos se arrogó el derecho de intervenir en la isla, aunque dejó su gobierno en manos de una serie de caciques locales, muchos de ellos corruptos. Cuba se convirtió en una neocolonia, con el desembarco en masa de inversionistas yanquis que llegaron a dominar la industria azucarera, la principal de Cuba, además de los ferrocarriles. Por más que esa inversión trajo prosperidad a muchos cubanos, los resentimientos que generó el neocolonialismo subyacieron a la revolución de Fidel Castro. A su vez, el temor a futuras invasiones fue un factor en la decisión de Castro, probablemente tomada en su campamento guerrillero de la Sierra Maestra antes de la toma de poder, de adoptar el modelo totalitario del comunismo.
Era imposible no pensar en estos antecedentes el 3 de enero de 2026, cuando los helicópteros de Donald Trump sobrevolaron Caracas y secuestraron a Nicolás Maduro, el dictador de Venezuela, después de eliminar a sus agentes de seguridad cubanos. Cuando Donald Trump dijo ese día “vamos a dirigir Venezuela” y a explotar su petróleo fue como una repetición de lo que pasó con Cuba y el azúcar hace más de un siglo. Y al momento de relegar a la oposición venezolana y a su líder, María Corina Machado (“una mujer muy simpática” pero que “no cuenta con el suficiente apoyo ni respeto dentro de su país”, según él), estaba haciendo eco de la marginación de los insurgentes cubanos.
La historia moderna de América Latina empezó con la guerra de 1898. Si bien Gómez vio a los Estados Unidos con ojos benévolos, José Martí, el apóstol de la independencia cubana, tenía profundas sospechas de sus intenciones. En una célebre carta a un amigo escrita días antes de morir de un disparo español al comienzo de la insurgencia contra España, advirtió del peligro de “la anexión de los pueblos de nuestra América, [por parte del] Norte revuelto y brutal que los desprecia […] Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas –y mi honda es la de David”.
Con Martí nace el nacionalismo latinoamericano, la corriente política más importante en la región desde entonces. Sus bases fueron expuestas en Ariel, el pequeño pero potente ensayo del escritor uruguayo José Enrique Rodó, que reivindicó la cultura latinoamericana basada en las ideas de la antigüedad clásica y el cristianismo hispánico frente a lo que vio como el vulgar materialismo del coloso del norte. El nacionalismo latinoamericano se manifestó primero en la Revolución mexicana, y luego pasó a América del Sur con Víctor Raúl Haya de la Torre y la apra peruana, con........
