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La fiesta que expulsó a sus fieles

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17.06.2026

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A mi papá, que jugó fútbol toda su vida y que, ya más grande, siguió corriendo en las canchas del Ajusco con la misma pasión y entrega de siempre, hasta que la liga, con toda justicia y humor, lo bautizó como “el INSEN”.

La Copa del Mundo nació en 1930, apenas unos años antes de que Europa se incendiara con la Segunda Guerra Mundial. A diferencia del olimpismo, más atrapado en las tensiones ideológicas del siglo XX, la FIFA procuró construirse una imagen de neutralidad: el fútbol como idioma universal, ajeno a las disputas entre gobiernos. Pero esa promesa nunca resistió del todo el peso de la realidad. El Mundial de 1942, al que Alemania aspiraba, terminó cancelado mientras la guerra devoraba Europa. Durante la guerra, Ottorino Barassi, vicepresidente de la FIFA y presidente de la Federación Italiana de Fútbol, escondió el trofeo Jules Rimet en una caja de zapatos, debajo de su cama, para impedir que cayera en manos nazis.

Desde entonces, la neutralidad formal de la FIFA se ha vuelto más ambigua: una bandera útil para presentarse por encima de la política, pero también una coartada bajo la cual ha aprendido a administrar exclusiones, concesiones y silencios. El fútbol siguió hablando el idioma universal del juego. La institución que lo gobierna, en cambio, fue aprendiendo otro: el del poder.

En 2022, la suspensión de Rusia tras la invasión de Ucrania terminó por revelar cuan elástica era esa neutralidad. FIFA y la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol suspendieron a las selecciones y clubes rusos de las competencias internacionales. No se trataba de una infracción deportiva, ni de un caso ordinario de corrupción o dopaje: era una decisión abiertamente geopolítica.

A diferencia de otros episodios, como el aislamiento deportivo de Sudáfrica por el apartheid, o la exclusión de Yugoslavia durante las guerras balcánicas, la sanción contra Rusia no nació de un mandato específico........

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