El apocalipsis: modelos actualizados
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Crisis climática, crisis económica, crisis demográfica (ahora por descenso de la población), colapso medioambiental, pandemia causada por virus diseñados, conflicto bélico global, gobiernos autoritarios con poder geoestratégico y, sobre todo, una superinteligencia artificial no alineada que tome el control de todo. Estos son los miedos actuales. No estamos ante el final de la historia del que hablaba Hegel y que fue recuperado por Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín. Lo que se nos anuncia cada vez con mayor insistencia es el fin de los tiempos. En enero de 2025, la junta directiva del Bulletin of the Atomic Scientists de la Universidad de Chicago adelantó el famoso reloj del apocalipsis, que mide la probabilidad de una catástrofe global, hasta los 89 segundos antes de la medianoche. Desde su creación en 1947 nunca había estado tan cerca del final, ni siquiera en los peores momentos de la Guerra Fría.
No es que se cuestione la idea de progreso, como hizo la posmodernidad, es que se sostiene sin ambages, y especialmente desde las instancias en que más se confiaba en un futuro luminoso gracias a la tecnología, que el progreso nos lleva a la autodestrucción. La sensación de final de fiesta, cuando no de final de todo, se extiende. Heidegger había declarado en los años sesenta, en una entrevista para que se publicaría póstumamente, que, debido al dominio de la tecnología, o más bien de lo que él designaba como la esencia de la técnica (una forma excluyente, controladora e invasiva de relacionarnos con la realidad), solo un dios podía ya salvarnos. Pareció entonces pesimista y tecnófobo. Hoy es lo que nos dicen los magnates tecnológicos de Silicon Valley.
Hace unos meses, un artículo de Naomi Klein y Astra Taylor en The Guardian hablaba del “fascismo del final de los tiempos”, y nos avisaba de que “las personas más poderosas del mundo se preparan para el fin del mundo, un fin que ellos mismos aceleran frenéticamente”. Douglas Rushkoff lo había explicado en detalle en su libro La supervivencia de los más ricos, en el que hay páginas memorables dedicadas a describir situaciones reales creadas por lo que él llama “La Mentalidad”, es decir, la convicción que impregna ahora Silicon Valley por los cuatro costados de que conviene ir preparando la huida del desastre que ellos mismos están propiciando. No son pocos los que llevan tiempo allí (al menos desde principios de este siglo) tomando precauciones para escapar a los efectos de un colapso global. Han comprado refugios suntuosos en lugares supuestamente protegidos de los efectos más devastadores. Está de moda una mansión fortificada en Nueva Zelanda.
¿Es esto solo el miedo enfermizo de los supermillonarios a perderlo todo en una gran crisis, sea cual sea su causa? Ciertamente este discurso fomenta el miedo y es posible que ellos mismos lo experimenten. Pero parece claro que hay algo más aquí: detrás está también una peculiar oferta de salvación. En ciertos ámbitos tecnológicos, económicos e intelectuales ha sido descartada la posibilidad de un futuro mejor para la humanidad y se hacen planes para conseguir que el final de nuestra especie sea el adecuado para el advenimiento de algo mucho mejor que ocupe su lugar. Lo que importa es la creación de una poshumanidad que pueda desarrollarse en plenitud y ser realmente feliz. Todos desapareceremos, pero algunos afortunados podrán unirse a esa poshumanidad mediante el volcado de su mente en las máquinas. Si algunos de estos planificadores dicen, pese a todo, que no contemplan el fin de la humanidad es porque, como ha señalado Émile Torres, consideran que el poshumano sigue formando parte de la humanidad, aunque ya no sea de nuestra especie.
Los focos de los largoplacistas oxonienses, de los transhumanistas y de los líderes empresariales de Silicon Valley están puestos en los desafíos de una futura superinteligencia artificial. Si conseguimos fabricarla antes de destruir el planeta o meternos en una guerra nuclear, es decir, si alcanzamos la Singularidad, y si conseguimos además que sea benefactora en lugar de hostil o indiferente, esta superinteligencia artificial nos ayudará a pasar a la fase poshumana, en la que abandonaremos definitivamente nuestro cuerpo biológico y nos hibridaremos con las máquinas. Esto se ha convertido en uno de los relatos favoritos de los magnates tecnológicos que rechazan de plano cualquier regulación de la ia. La regulación impediría actuar en este asunto con la rapidez y la audacia necesarias, según nos dicen. Una superinteligencia artificial descontrolada sería un riesgo existencial porque podría acabar prematuramente con la humanidad, pero una alineada con nuestros intereses sería la salvación, así que, si no queremos ser destruidos, ellos han de tener las manos libres para conducir el proceso, porque solo........
