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El sistema Jeffrey Epstein: diez variaciones sobre arte y fascismo / PARTE II

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01.03.2026

En este cruce entre arte y fascismo hay una constante alusión a la novela Lolita de Vladimir Nabokov. El jet privado de Epstein era conocido informalmente como «Lolita Express». Testimonios mencionan la presencia de ejemplares de la novela en sus propiedades. Esto no es humor negro, es ironía constatada. Es el uso de la cultura como medida preventiva de autoincriminación: un nuevo régimen de visibilidad, acorde a este mundo de sobreexposición, donde se miente con la verdad.

Al exhibir abiertamente sus referencias criminales, el poder absoluto demuestra hasta qué punto puede salirse con la suya. La confesión cultural se convierte en prueba de soberanía: «Puedo decirlo, mostrarlo, referenciarlo y, aún así, permanecer intocable». Es el ejercicio último de impunidad: no necesitar el secreto porque el poder garantiza que incluso la verdad confesada no tendrá consecuencias.

Este «puedo decirlo» tiene una dimensión política crucial. Permite a los seguidores gozar de la ilusión de poder hacer lo mismo. El líder que confiesa sus transgresiones y permanece impune otorga permiso aspiracional a sus seguidores. Pero es una ilusión perversa. Los seguidores carecen del estatus que exime a sus líderes de la ley. Son, paradójicamente, las próximas víctimas del mismo sistema que celebran. Esta es la trampa del populismo autoritario: vende la fantasía de una soberanía compartida mientras mantiene intactas las jerarquías y las estructuras.

La estrategia cumple una segunda función insidiosa. En caso de ser acusados, estas referencias culturales les permiten mentir con la verdad: pueden señalar su «conciencia artística» como evidencia de que no cometerían el crimen. «¿Cómo podría haber abusado si tengo Lolita subrayada en mi biblioteca?» La referencia cultural se convierte en coartada: el conocimiento del crimen como prueba de inocencia.

Esta inversión genera un asombro paralizante. Nadie puede creer que alguien actúe de forma tan abierta. Esa incredulidad es el objetivo. La confesión a plena luz funciona mejor que el secreto porque genera perplejidad cognitiva. El poder extremo necesita de la cultura no como ornamento sino como estructura de legitimación preventiva. Los libertinos de Salò y la red documentada alrededor de Epstein no cometen atrocidades a pesar de su sofisticación cultural, sino precisamente a través de ella.

Lolita se convierte en su inversión perversa: de lectura crítica a tutorial. Lo que Nabokov construyó como retrato de una conciencia masculina atrapada en su propio autoengaño —ejercicio de mirada artística sin didactismo— se transforma en instrumento de un proceso sistemático y calculado de barniz cultural: un aura fabricada para cultivar la sumisión de las víctimas y añadir al agresor una capa adicional de protección, bajo la pretensión de un consenso manufacturado con la cultura como coartada. 

En varias fotos del archivo revelado se ven fragmentos de Lolita escritos a mano sobre cuerpos de mujeres jóvenes como si se tratara de un tatuaje, de una marca exclusiva. El poder contemporáneo no necesita quemar libros. Todo lo integra en un sistema de autoincriminación protectora. Fusiona lo falso con lo verdadero, la confesión con la negación. La cultura no es el traje del poder: se ha convertido en su estructura.

«Mi cuerpo fue utilizado de maneras que me causaron un daño enorme. Pero lo peor que Epstein y Maxwell me hicieron no fue físico, sino psicológico. Desde el principio, me manipularon para participar en conductas que me fueron destruyendo por dentro, erosionando mi capacidad de comprender la realidad e impidiéndome defenderme. Desde el principio, fui preparada para ser cómplice de mi propia devastación. De todas las heridas terribles que me infligieron, esa complicidad forzada fue la más destructiva», dijo Virginia Roberts Giuffre.

La mansión de Jeffrey Epstein en el Upper East Side de Manhattan no le pertenecía originalmente. En 1989, Leslie «Les» Wexner, fundador de L Brands —cuya franquicia más visible es Victoria’s Secret—, la compró por 13,2 millones de dólares y contrató arquitectos para convertir el antiguo colegio privado en la residencia privada más grande de Nueva York: nueve pisos, más de 4.700 metros cuadrados, 40 habitaciones distribuidas en siete niveles, cinco baños. Luego, sencillamente, nunca se mudó. La acera exterior estaba calefaccionada —un lujo infernal que derrite la nieve sin esfuerzo humano— y la puerta principal medía casi cinco metros de altura.

Wexner es también uno de los hombres más directamente señalados por las víctimas de los crímenes sexuales cometidos en esa mansión. Virginia Giuffre afirmó en documentos judiciales que Epstein la traficó hacia Wexner, mientras que la artista Maria Farmer declaró haber sido abusada por Epstein y Ghislaine Maxwell en la finca de Wexner en Ohio, y haber sido retenida contra su voluntad por empleados y guardias armados del magnate cuando intentó escapar. Wexner ha negado cualquier delito y en su declaración ante el Congreso, en febrero de 2026, afirmó haber sido “ingenuo, tonto y crédulo” al confiar en Epstein. Los documentos del Departamento de Justicia lo mencionan más de mil veces y lo señalan en al menos un correo interno del FBI como posible «co-conspirador secundario», aunque no ha sido imputado formalmente.

En julio de 1991, Wexner firmó a favor de Epstein un poder notarial de alcance extraordinario: lo autorizaba a pedir dinero en su nombre, firmar impuestos, contratar personal y tomar decisiones vinculantes. Epstein era, en términos jurídicos, un doble de Wexner. Hacia mediados de los 90, Epstein se instaló en la mansión. La transferencia formal de la propiedad ocurrió de manera paulatina, sin contraprestación económica registrada. La mansión más cara de Manhattan le había sido entregada como se entrega una llave.

Esta arquitectura de delegación explica cómo, en pocos años, un hombre pasó de ser un anodino docente de un colegio de élite, sin historial financiero verificable, a controlar un patrimonio global con credenciales y cartas de presentación emitidas por las casas Rockefeller y Rotschild. 

La credibilidad de Wexner fue el capital original de Epstein. Epstein usó su proximidad al fundador de Victoria’s Secret para presentarse ante mujeres jóvenes como reclutador de la marca. En 1997, la modelo Alicia Arden denunció que Epstein la había agredido sexualmente invitándola a una reunión en nombre de Victoria’s Secret. Ejecutivos advirtieron a Wexner. El acceso de Epstein no cambió.

La mansión Epstein es un teatro de autoincriminación. Los ojos de vidrio que recibían a los visitantes —prótesis oculares de la Primera Guerra Mundial importados de Inglaterra, fila tras fila, individualmente enmarcados— funcionaban como advertencia y bienvenida. La vigilancia se volvía ornamento. 

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