Milagros y milagreros
Cuentan que hace 25 años, en París, Rafael Escalona predijo que Abelardo de la Espriella sería presidente de Colombia.
La historia solo sería más asombrosa si el que hubiera hecho la predicción no hubiera sido Escalona, sino Leandro Díaz. Sería, entonces, una especie de profeta ciego, como Tiresias.
Pero nos tenemos que conformar con el pronóstico de Escalona, solo un poco menos impresionante, sobre la suerte del presidente que tenemos ahora.
El presidente de la Espriella no ha necesitado repetir ese mito, que si yo fuera él repetiría hasta el cansancio (así de inventado será), para rodear su elección y para darle a su presidencia el tufo de lo milagroso.
Después de la segunda vuelta, los discursos de los dos candidatos fueron igualmente escatológicos. Cepeda, en la que pareció su última vez teniendo una personalidad y una osamenta propias, habló como un marxista convencido de la inevitabilidad revolucionaria de la historia (citó a Allende: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”).
Esa misma noche, el ahora presidente habló de su elección como el inicio de la “Patria milagro”. De la Espriella, intercalando loops de miniteca cutre, celebró y anunció que “esta es la noche que marca el inicio de una nueva historia para la nación. La noche en que empieza una nueva era. Un cambio de orden: ‘La patria milagro’”.
Los dos candidatos, entonces, mostraron sus extrañísimas formas de entender la historia y la agencia humanas. Uno prometía la inevitabilidad revolucionaria de la historia. El otro, la inauguración mesiánica de un nuevo orden.
Estoy de acuerdo con Thierry Ways en eso de que la elección de De la Espriella en segunda vuelta fue tan apretada y sorprendente (se enfrentó contra los poderes más corruptos del petrismo, contra la presión violenta de los grupos armados ilegales y contra la presión social, pero como siempre desestimable, de la mayoría del commentariat) que se siente “como uno de esos momentos en que un azar, un golpe de suerte, un cambio súbito en la dirección del........
