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De fariseos, conversos y sobones en política, por Rosa María Palacios

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09.08.2026

“Solo Dios y los imbéciles no cambian” es un popular dicho, muy antiguo, popularizado en el Perú por un político que cambió mucho: Alan García. Es cierto que nuestra opinión sobre los hechos, circunstancias y conductas de las personas puede y debe cambiar a lo largo de la vida. El descubrimiento, por ejemplo, es un mecanismo que obliga al cambio. Una opinión dada con un conocimiento parcial no puede ser exigida cuando luego se tiene un conocimiento mucho más amplio. Consecuencias, inobservables o impredecibles al momento de actuar, van a cambiar nuestras siguientes conductas. “En ese momento, con la información que tenía” es una fórmula válida para explicar un punto de vista o una conducta que años después puede parecer al ojo básico una pésima decisión.

Por eso, el contexto importa. Digo esto no para poner el parche antes de que salga el chupo. Es inevitable cambiar y es deseable que así sea, cuando el cambio es justificable. En la política ese cambio debe orientarse al bien común. García, por ejemplo, creía en 1988 en la estatización. En el 2006 había abandonado, felizmente, esa espantosa idea. No le fue muy difícil explicar el porqué. 18 años después, había abandonado una corriente de izquierda que es letal para la libertad y, esa vez, no se equivocó.

En estos días, sin embargo, no vemos grandes transformaciones ideológicas nacidas del descubrimiento personal de nuevos horizontes. Pero vaya que vemos cambios en la conducta de los políticos en el poder. El incidente diplomático con México ha traído a la mesa un buen ejemplo de los niveles de fariseísmo........

© La República