Punto Final
Su esposo, Edgardo, murió en sus manos y ella no lloró su muerte durante los dos años siguientes. Es algo que no se atrevía a contar públicamente. Estuvo a su lado cada día desde que él fue diagnosticado con un cáncer cerebral terminal y esa ausencia de lágrimas no fue escasez de sentimiento, porque el dolor era tan real como su partida. Tampoco fue el, a veces tan paradójico, pensamiento de asimilar que al fin descansaba. ¿Cómo iba a saber si, por lo menos, lo haría en paz?
Seguir con vida no necesariamente es continuar con la vida. Todo cambia cuando se transita un duelo que nunca acaba porque decir que la muerte es el fin,........
