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Alberto, Santi, imitad a Pedro y Pablo

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14.03.2026

Las primeras elecciones generales de 2019 (sí, hubo dos) se celebraron el 28 de abril. Como quiera que al ganador, Pedro Sánchez, no le daban los números ni por equivocación, nos abocó a una segunda cita con las urnas el 10 de noviembre. Entre medias escuchamos al presidente negar por activa y por pasiva la posibilidad de un pacto con Podemos para repetir en Moncloa: «No podría dormir por las noches». Algunos, incluso, nos lo creímos. Lo cual no dejaba de constituir la enésima exhibición de cinismo del personaje toda vez que la moción de censura espuria con la que echó a Rajoy estuvo sustentada por Podemos, además de los etarras de Bildu, ERC, PDeCAT, PNV y las célebres mareas. Otra trola del marido de la pentaimputada Begoña Gómez. Tan cierto es que se llevaban a matar como que a la hora de la verdad aparcaban los celitos para acostarse políticamente. Que una cosa es odiarse y otra bien distinta dejar pasar el coche oficial, la moqueta, las comilonas y los trinques. A costa del erario se vive como un pachá. Los comicios no depararon demasiadas sorpresas: Sánchez se anotó tres escaños menos que en abril (120 en total, está abonado al 120) y Podemos pasó de 33 a 26. Pero las cuentas salían. Sánchez e Iglesias negociaron en secreto todo el lunes 11 de noviembre y el martes 12, por sorpresa, presentaron en sociedad un pacto que todos daban por hecho pero que el 99% de los comentaristas políticos lo fiaba «para muy largo». Convocaron en un santiamén a los medios y se abrazaron como si fueran troncos del alma. Especialmente sobón estuvo el ya de por sí sobón y besucón Pablo Iglesias. Lo que había sido física y metafísicamente imposible acordar en cinco meses, los que transcurrieron entre abril y la convocatoria electoral de septiembre, se solventó en un periquete. Veinticuatro horas concretamente. Ambos tuvieron presente, no, lo siguiente, una de las grandes verdades incontrovertibles de la política: el electorado castiga con saña la división, dentro de los partidos y dentro de los bloques ideológicos, en forma de abstención. No se lo pensaron dos veces. Como tampoco se durmieron en los laureles el PSOE y Podemos cuando, tras las municipales de 2015, certificaron que era posible desahuciar de cientos de ayuntamientos al PP. Les faltó tiempo. Todo lo contrario que los dos grandes prebostes de la derecha, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, que se pasan el día a farolazos y que durante la campaña de Castilla y León han estado más pendientes del ombligo del otro que de cantarle las cuarenta a ese autócrata con delirios de dictador que es el yerno del proxeneta Sabiniano Gómez. Resulta descorazonador que tras las elecciones de Extremadura y después de las de Aragón los titulares sean las críticas a cara de perro de Feijóo a Abascal y las de Abascal a Feijóo. Los dos, el uno y el otro, olvidan que estas reyertas sólo tienen un ganador: el hermano del biprocesado David Sánchez. Un psicópata que tiene a su histórica mano derecha entre rejas, al más reciente lugarteniente camino de vuelta de la trena y al tercero en discordia, Koldo García, pegándose pesazos en el gimnasio de Soto del Real. Ya se lo recriminé a nuestros protagonistas en la Gala del X Aniversario de Okdiario y se lo vuelvo a recriminar: «Entendeos, porque ni el enemigo de Feijóo es Abascal ni el de Abascal, Feijóo». Pues eso: imitad a Sánchez e Iglesias. Sólo en eso, claro. Que el uno es un satrapilla y el otro un delincuente.


© La Razón