Don Quijote y Sancho Panza en el Tribunal Supremo
Llegaron don Quijote y Sancho al Tribunal Supremo una mañana de enero, poco apropiada para pleitear y muy indicada para quedarse en la cama. Ante la escalinata, Rocinante alzó el hocico con la prudencia de quien sabe que toda subida oficial termina costando herraduras.
—Aquí, Sancho —dijo don Quijote—, tiene su alcázar la soberana Justicia del Reino de las Españas.
—Pues, vive Dios, que está muy alta, señor. Será para que no la alcancen los pobres. El Rucio se queda abajo: quien no entra en pleitos duerme a pierna suelta y conserva la albarda.
Quiso don Quijote subir a caballo, pero Rocinante llegó al tercer peldaño, reconsideró su vocación jurídica y retrocedió con más dignidad que ciertos magistrados de puñeta y collar.
Dentro celebrábase un pleno extraordinario sobre la lentitud de la Justicia y la igualdad ante la ley. Había informes apilados, denuncias, gráficos de colores y botellas de agua mineral perfectamente alineadas.
—Mire, señor —susurró Sancho—, los expedientes llevan años sin moverse, pero el agua ya está servida. Cada cual tiene sus urgencias.
Don Quijote irrumpió en la sala, desenvainó la espada y quedó atrapado entre las barras del detector de metales.
— ¡Alevoso cepo encantado, suelta a este caballero desfacedor de entuertos!
—No forcejee, vuesa merced, que este cepo solo prende hierros. Si prendiera desvergüenzas, no cabría un alma en el edificio.
— ¿Quiénes son ustedes? —preguntó el presidente, hombre de gesto solemne y asiento bien asegurado por quienes reparten asientos.
—Soy don Quijote de la Mancha, desfacedor de agravios; y este es Sancho Panza, mi escudero, que gobernó Barataria y juzgó más derecho sin conocer leyes que otros sabiéndolas torcer.
—No pueden........
