Evolución estival
Pandilla de jóvenes en la dehesa de Campoamor, 1970. / Archivo TLM
El calor arrecia y el cuerpo pide agua y más agua. La súplica de agua es propia de moribundos, de heridos cinematográficos, de reos en los interrogatorios, de resacosos tras una noche de juerga; de gentes perdidas en el desierto al borde del espejismo, de viajeros abandonados en un tren averiado en medio de la nada, de náufragos en la balsa y de transeúntes por Murcia. La ciudad, como por arte de magia, se ha convertido en un tostadero; el pavimento arde y se echa de menos la fresca sombra de un frondoso arbolado. Las suelas de los zapatos se deshacen y se suda, se suda mucho. Tan solo habrá que mirar las camisas de los caballeros con el lomo, las axilas y los pectorales empapados: «¡Agua, agua…!», grita el deshidratado. El verano ha llegado en todo su esplendor y la gente se las busca para soportar la calorina despiadada.
En los inicios de nuestra democracia, hoy tan desacreditada, se inició un proceso de liberalización individual. En los veranos de finales de los setenta, el bikini llegó a quedar........
