menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Tatuados

27 0
03.09.2026

Causó algún revuelo —y, más que nada, un aluvión de adhesiones— un tuit que escribí hace días en el que trataba de expresar algo a lo que vengo dándole vueltas un tiempo: que la proliferación de personas tatuadas es un signo más del auge de lo que llamamos «individualismo expresivo». Consiste este fenómeno en un descarrile del proceso de individuación mediante el que el individuo ya no aspira tanto a emanciparse para construir una vida propia como a hacer de la expresión de su yo el centro de esa vida. La autenticidad consiste en exteriorizar lo que uno siente y desea, mientras pierden peso vínculos, deberes y cualquier valor que no nazca del propio sujeto. ¿Por qué me parece significativo que hasta uno de cada tres españoles de entre 18 y 35 años esté tatuado? Porque el comportamiento encaja como un guante en esa necesidad de hacer visible y singular el yo, inscribiendo en el cuerpo una identidad elegida y reconocible. No parece casual que convertir el cuerpo en soporte permanente de expresión personal se haya generalizado en una cultura que ha encumbrado la exhibición de la propia singularidad. No es sólo una intuición: algunos estudios han encontrado en las personas tatuadas una mayor necesidad de singularidad que en las no tatuadas.

Hay además razones para que los tatuajes nos parezcan a muchos de mal gusto; aquí no puedo extenderme, pero sí apuntar lo principal del argumento. El tatuaje es una intervención ornamental que rara vez mejora aquello sobre lo que se aplica y que, a diferencia de casi cualquier otro adorno, no puede retirarse cuando cambian las preferencias. En palabras de la célebre filósofa Kim........

© La Gaceta