La Dictadura Civil Fascista: Religión y Cultura en el Recogido Abelardo de la Espriella en Colombia
En memoriam a los campesinos curadores y sanadores del cuerpo y del espíritu de San José del Guaviare-El Retorno. Doris, tu luz brillará por siempre. Q.E.P.D.
La acción política del denominado “Recogido” Abelardo de la Espriella —término que alude tanto a su reclusión voluntaria como a su carácter de instrumento—, en pleno siglo XXI y bajo un mandato de origen fraudulento, abre una fisura profunda en la sociedad colombiana. Su gobierno obliga a formular una pregunta fundamental: ¿qué es realmente una democracia en el siglo XXI? ¿Dónde reside, verdaderamente, el poder político?
Su administración se articula en dos esferas que, aunque delimitadas, convergen en una unidad autoritaria que reproduce el principio rector del fascismo heredado. Por un lado, una relación cóncava entre religión y poder; por otro, una acción convexa de carácter policivo-militar sustentada en una doctrina de seguridad nacionalista. La religión se erige así en eje central para la consolidación del poder, configurando lo que podemos denominar una Dictadura Civil Fascista (DCF), donde la dimensión religiosa funciona como binomio indisoluble: religión/poder al servicio del mandato político, sosteniendo un autoritarismo económico y un vacuo retoricismo.
De esta manera, diversas esferas económicas —tanto internas como foráneas— adquieren un sentido sacramental, investidas de un “poder ungido por encima de Dios” que, según la percepción del mandatario, le otorga sabiduría para gobernar por encima de los derechos humanos, civiles, patrimoniales y culturales de una población amparada por la Constitución de 1991. Pero esa Constitución se torna nominal en manos de un megalómano de personalidad centrífuga, con detonantes misóginos y una naturaleza díscola que incluso contradice sus propios deseos. Tales rasgos se evidencian públicamente mediante un retoricismo vulgar, aquel que Platón denunciaba en el Fedro.
El Recogido actúa, pero no dirige. Debe servir a otros; carece de capacidad real para gobernar. Su naturaleza lo incapacita para discernir más allá de las emociones, los encantos y los espectáculos públicos con los que intenta validar su presencia ante alguna masa deambulante, laberíntica, deseosa de otro pater familiae que alivie su carga de frustración y desastre vital. Las decisiones del Recogido permanecen ocultas bajo el tapete; solo actúa cuando el poder remoto se lo ordena. Es un signo de la hybris: la desmesura que corroe al gobernante que se cree elegido.
En esta representación servil de la dirección política, el mandatario queda confinado en un sarcófago moral que lo petrifica en el tiempo. La homogenización de la fe, su omnipresencia y la presencia de sus ministros de Estado configuran un diálogo construido sobre los escombros del fascismo histórico español. Abelardo, el Recogido servil del neofascismo, reproduce con variaciones variopintas el delirio que el General Franco importó bajo el lema: ¡Viva Cristo Rey!
Colombia, en esta simbiosis del siglo XXI, se sumerge en una imposición destinada a un hombre irrisorio en su esencia, que denomina al país “Patria Milagro”. Se instaura así una nueva forma de Dictadura Civil Fascista (DCF)........
