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Domingo de Gloria

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06.04.2026

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Alguien me dijo una vez que la estadística es la mejor manera de mentir con números, lo que algunos de nuestros representantes públicos elevan a ... rango cum laude. El vallisoletano exalcalde de la ciudad del Pisuerga y ministro de Transportes y Movilidad Sostenible Óscar Puente es, mal que nos pese, representante público y el rey del uso de estadísticas en la defensa de sus intereses, aunque debería serlo de los legítimos de todos nosotros. A mediados del pasado mes de febrero, compareció en el Senado para dar explicaciones sobre el estado de las carreteras en nuestro país. Hoy es buen día para recuperar aquella comparecencia, aprovechando los miles de desplazamientos en estos días vacacionales de la Semana Santa.

Para cientos de salmantinos el destino elegido es Portugal. Un lugar amable, cercano, cuyos precios no son desorbitados, de ciudades con atractivos sobrados, enclaves de especial belleza o significado y, por supuesto, kilómetros de costa para disfrutar de unos ratos de sol y paseos por la arena de buenas playas. Eso sin contar con su gastronomía de calidad, especialmente en pescados y mariscos. Me declaro fan, aunque no trato de hacer publicidad del país vecino tanto como una comparativa que tiene que ver con aquella comparecencia del ministro. Por supuesto, Puente no admitió ninguna de las interpelaciones de los senadores del Partido Popular. Más bien al contrario. Siguiendo con su política tenística de devolver golpe por golpe sin mayor sentido que salir del paso, pero con esa soberbia que le caracteriza, adujo inversiones multimillonarias, porcentualmente mayores que cualesquiera otros gobiernos anteriores y aseguró que el problema viene dado por la falta de inversión cuando gobernaba en España el partido ahora dirigido por Núñez Feijóo. Es decir, que en los siete para ocho años de gobernanza socialista todo se ha hecho no solo a la perfección, sino con supremacía, y cualquier cuestión negativa viene de los periodos o legislaturas previas y, por supuesto, de la falta de inversión de las Comunidades Autónomas, cuya responsabilidad en cuanto al tráfico rodado se circunscribe a las carretas que no están bajo la supervisión del Estado.

Basta con cruzar al país vecino para dejar de escuchar el rugido de los neumáticos rodando sobre el deteriorado pavimento de nuestras carreteras, donde el casi inexistente asfalto genera la sensación de circular por encima de cantos rodados. Es casi peor la vuelta a casa. Al cruzar la frontera, después de unos días de conducción suave y placentera, se retorna a los baches y a una circulación en la que uno se siente como el ciclista neerlandés Van der Poel, transitando por terribles pruebas, famosas por sus empedrados y terrenos pedregosos, como la París-Roubaix, conocida como el «Infierno del Norte», o el Tour de Flandes. Hasta el próximo Puente.

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