El profesorado: clave de la universidad
Recientemente, FARO publicó una entrevista a Francisco Esteban, catedrático de la Universitat de Barcelona y autor de «La universidad de las narices». Entre sus reflexiones, considera que hay docentes que llevan veinte años dando clase y, en realidad, llevan uno, pues durante diecinueve repiten lo mismo. También hay otros, según dicho profesor, que se dejan la piel y siguen leyendo y actualizándose cada día.
Partiendo de esta idea, y recordando que enseñar es una de las misiones esenciales de la enseñanza superior, urge revalorizar la función docente y convertirla en prioridad. Solo así evitaremos que los compromisos académicos queden relegados frente a los puramente investigadores.
Si tuviéramos que buscar una solución sencilla a los principales problemas que afectan hoy a la universidad, esta pasaría inevitablemente por el profesorado: ahí reside su verdadera esencia. No hay una ecuación matemática que relacione directamente universidad y calidad, pero cualquier intento de resolverla debe incluir un factor clave: la calidad del profesorado.
Según Goethe, lo importante no es lo que brilla, sino aquello que lo hace brillar. Una universidad es excelente si cuenta con un buen profesorado; sin él, ni la docencia ni la investigación alcanzarán la excelencia.
En el primer día de clase lectiva de un nuevo curso que comienza, decimos a nuestros alumnos que actualmente no somos cerca de 50 millones de personas, pues constituimos casi 500 millones como miembros de los 27 estados de la Unión Europea. Sin aranceles, sin fronteras y con títulos prácticamente homologables resulta factible el movimiento de titulados a lo largo y ancho de esta Europa comunitaria, que se nos presenta en este milenio. Este hecho singular, que nunca había acontecido, condiciona que la única herramienta que la universidad tiene para competir e impedir que sus propios titulados queden arrinconados es la de ofrecer calidad, y ésta se alcanza con un buen profesorado. No hay, por tanto, fórmulas mágicas para resolver la inevitable competencia universitaria que se planteará entre estas instituciones, pues todas buscarán mejorar las condiciones de su producto final acabado (graduados y doctores) ante su salida al mercado de trabajo. Este es el gran reto: si no ofrecemos calidad en nuestros productos, vendrán otros titulados más formados de cualquier parte de esta Europa comunitaria, que es cada vez más extensa e interrelacionada.
El buen profesorado no se improvisa. Lo habitual es formarse junto a un maestro hasta que pueda independizarse y actuar por sus propios medios. Siempre ha sido así y lo seguirá siendo. Por eso, las universidades deberían buscar maestros más que meros profesores. Tal vez nos sobren los segundos y nos falten los primeros y, si no los encontramos dentro, habrá que buscarlos fuera. Esta práctica no es nueva, pues en el mundo anglosajón lleva décadas siendo el criterio principal para elevar la calidad.
Desde la firme creencia de que una universidad es buena si, al fin y a la postre, dispone de un buen plantel de profesorado, esta institución solo podrá hacer frente a retos futuros si centra su exigencia en su calidad.
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