Del palacio a la alcantarilla
Conviene empezar por una distinción que el propio análisis del fenómeno exige y que demasiadas veces se omite: no todo trato es una cloaca. Existen relaciones comerciales, intereses privados, amistades rentables y puertas giratorias que pueden resultar reprobables, pero que pertenecen al territorio ordinario —y legal— de la influencia. La cloaca es otra cosa. No es un negocio: es un método. No busca un beneficio puntual, sino fabricar resultados determinados por vías que no figuran en ningún organigrama. Y para entenderla hay que recorrerla de arriba abajo porque su gravedad no está en ninguno de sus eslabones aislados, sino en la cadena completa.
Todo arranca en la cúpula. Allí no se delibera sobre políticas públicas, sino sobre poder: quién estorba, qué causa amenaza, qué expediente conviene enterrar y cuál conviene exhumar. La estrategia se formula en un lenguaje de adversarios y objetivos, no de ciudadanos y problemas. Ese es el primer rasgo definitorio: la decisión inicial no es de gobierno, es de combate. Se identifica un blanco —un juez incisivo, un investigado molesto, un periodista hostil, un abogado incómodo, un rival interno o externo— y se fija la meta: neutralizarlo, desgastarlo o, en el mejor de los casos para sus operadores, voltear el procedimiento que lo protege o lo acusa.
La cúpula, sin embargo, casi nunca se ensucia las manos. Su función es marcar la dirección y, sobre todo, garantizar la impunidad del aparato que ejecuta. Decide poco por escrito y mucho por gesto. Su poder reside precisamente en la negación plausible: cuanto más arriba, menos huella.
Entre la voluntad política y la acción material se sitúa una capa intermedia, la verdadera sala de máquinas. Son los gestores de confianza, los que convierten una orientación ambigua en tareas concretas y repartidas. Aquí la estrategia se trocea: a unos les corresponde el flanco mediático, a otros el judicial y el fiscal, a otros la financiación, a otros el enlace con quienes ejecutan sobre el terreno. Esta capa es decisiva porque es la que articula el lenguaje del poder con el lenguaje de la operación. Traduce “esta persona nos hace daño” en “hay que conseguir tal documento, contactar con tal persona, publicar tal pieza o generarle tal o cual problema legal”.
Es también la capa que produce a los operadores de campo: las figuras de fontanería, esos perfiles que se mueven en los márgenes, que recogen información sensible, que tantean voluntades, que ofrecen y piden y que tienen la utilidad de ser, llegado el caso, prescindibles. Si algo se tuerce, el sistema los suelta. La fontanería existe para que la sala de máquinas no aparezca, y la sala de máquinas existe para que la cúpula no exista a efectos prácticos.
Una operación sostenida necesita recursos y los recursos necesitan apariencia de legalidad. De ahí el papel de las estructuras-pantalla: entidades, empresarios, fundaciones o vehículos de naturaleza pública o paraoficial que ofrecen tres cosas a la vez. Primero, cobertura institucional, porque actuar desde un membrete oficial confiere acceso y........
