No soy el apellido que atacan: soy la mujer que no pueden callar
Hay críticas que fortalecen la democracia. Hay cuestionamientos necesarios. Hay señalamientos legítimos. Quien participa en la vida pública debe estar dispuesto a rendir cuentas, defender sus ideas, explicar sus decisiones y responder por su trabajo.
Eso no sólo es válido, es indispensable.
Pero una cosa es criticar el trabajo de una mujer y otra muy distinta es intentar borrarla.
Porque eso es lo que muchas veces ocurre cuando, en lugar de llamar a una mujer por su nombre, se le reduce a un parentesco. Cuando no se habla de sus ideas, de su agenda, de su trayectoria, de sus causas o de su responsabilidad pública, sino que se le presenta únicamente como “la hija de”.
No es casual. No es inocente. No es un descuido.
Es una forma de descalificación.
A muchos hombres en la vida pública se les reconoce nombre, cargo, voz, trayectoria y decisiones propias. A muchas mujeres, en cambio, todavía se nos intenta explicar a partir de alguien más. Del padre. Del esposo. Del hermano. Del apellido. De la familia. Como si nuestra identidad pública no pudiera existir por sí misma.
Y ahí está el fondo del problema.
No se trata de negar de dónde venimos. No se trata de renunciar a nuestra historia ni a nuestra familia. Se trata de exigir algo........
